La Guirlande | Crítica Bramidos y tersuras del Barroco hispano

La Guirlande en el Espacio Turina.

La Guirlande en el Espacio Turina. / Francisco Roldán

Resulta emocionante comprobar cómo crece el tejido de la música antigua en España. Pese a las crisis encadenadas del nuevo siglo, se viven años auténticamente dorados. La bendita globalización ha facilitado en las últimas décadas los viajes, los contactos, los intercambios, las mezclas, y, como siempre en la historia ha ocurrido, eso ha elevado el nivel de formación de los jóvenes y ha contribuido de forma poderosa al progreso y la innovación, espoleando la creatividad y aumentando exponencialmente la calidad de los espectáculos. Es un fenómeno que no atiende sólo a los intérpretes, pues la musicología está colaborando muy decididamente con trabajos de rescate patrimonial como el que soportaba este concierto.

Se presentaba en Sevilla La Guirlande, un conjunto fundado en 2016 por el flautista Luis Martínez Pueyo, y lo hacía con un programa centrado en piezas del Barroco hispano conservadas en instituciones españolas y del virreinato de La Nueva España. Contextualizada por piezas instrumentales, en lo básico fue música vocal de mediados del siglo XVIII para tres de las fiestas fundamentales del año litúrgico: Corpus, Navidad y Semana Santa, para las que la soprano Alicia Amo, que volvía a la ciudad después de su reciente colaboración en enero con la OBS, puso sus extraordinarios medios y su fácil musicalidad. La primera de las arias del recital, original de Ignacio de Jerusalem, un napolitano que trabajó en Cádiz y en México, parecía una descripción de su voz: "Cristal bello, terso y claro".

La voz fresca, siempre bien colocada, homogénea, fácil arriba, dramática en los recitados, intencionada en la expresión, de la cantante burgalesa fue sólo uno de los elementos que se integraron en unas interpretaciones de extraordinario equilibrio y de muy alto nivel técnico y musical. Con ella se imbricaron el traverso obligado de Luis Martínez, los dos violines y un amplio equipo de continuo, que no sólo soportó a las partes solistas con elegancia, flexibilidad y profundidad, sino que tuvo jugosas intervenciones, como el archilaúd de Pablo FitzGerald en los Versos de segundo tono de Jerusalem, su guitarra en el Benigne fac de cierre o el violonchelo de Ester Domingo en los movimientos rápidos de la Sonata de Locatelli, que Martínez tocó con absoluta limpieza y seguridad. A destacar también el primer violín, relajado, lírico y carnoso, de Vadym Makarenko

El equilibrio entre estos cuatro planos sonoros permitió que las texturas instrumentales resultaran siempre transparentes. El conjunto brilló tanto en las partes más delicadas y tiernas como en los bramidos del aria de Hernández Illana que daba título al concierto, en la que los ataques fueron más afilados y los contrates más intensos, con dinámicas de generosa amplitud. El aria de Iribarren de la propina sirvió para confirmar la excelencia de la cita.

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