Little Boy Quique en el Delta sevillano
Enrique Fernández, veterano de la escena 'blues' y desde hace años músico callejero, graba estos días un disco con el que sus productores esperan que el mundo conozca, por fin, su genuino talento
Cuando se acuerda de aquel policía que le hacía la vida imposible, "porque los demás hacían la vista gorda, al final hasta venían, me saludaban, se acercaban, me preguntaban, cómo va eso, bien, vamos, que había respeto", pero cuando se acuerda del otro, que parecía que se la tenía jurada, dice, que lo miraba como si le "perdonara la vida", que lo amenazaba con quitarle el ampli, su sustento, "porque si no cómo te haces oír", Enrique Fernández Jiménez, alias Little Boy Quique, bluesman nacido hace 44 años en Sevilla, a orillas del "Guadalssissipi", como a él le gusta decir, lo maldice entre dientes pero sin descomponer su gesto de contagiosa tranquilidad.
Lo habrán visto alguna vez, seguramente, en el centro de la ciudad, tocando sus canciones de cruces de caminos polvorientos como envueltas en humo de locomotoras y vocerío de reunión al lado de un río, música acústica y espartana, de canto tenso y circular, de guitarras sobrias pero desbordadas de sentimiento, de pena, amores en vano, explotación, derrota y dignidad. Sonidos del Delta con ecos de la escuela eléctrica de Chicago, vibraciones de Son House y Robert Johnson, de Muddy Waters y Sonny Boy Williamson, que él convoca con su sello personal desde hace una década en la calle, al principio en Tetuán y Sierpes, últimamente siempre en la Avenida de la Constitución, ejerciendo prácticamente de hombre-orquesta: toca la armónica y la guitarra (ayudándose de un vaso de chupito para las técnicas del slide y el bottleneck), con un tobillo lleva la percusión y aún puede también hacer danzar a dos figurillas de Los Simpson, poseídas, como él, por el fuego del blues.
Toca en la calle, explica, porque eso es lo que sabe hacer, porque eso es lo que le apasiona, y porque no tiene conciertos todas las noches pero sí tiene que comer todos los días, eso a pesar de que no le falta precisamente experiencia ni colegas que lo llamen para trabajar: ha colaborado con Raimundo Amador, después de que éste lo conociera durante una de sus actuaciones callejeras y le propusiera colaborar esporádicamente con él, sobre todo en los directos; con artistas estadounidenses como Richard Ray Farell, Sarasota Slim o el ya fallecido Smiling Jack Smith; y con la mayoría de los sospechosos habituales de la escena del blues en Sevilla más allá de las (a veces, desde luego en este caso sí) artificiales separaciones generacionales: desde Manolo de Arcos a Lolo Ortega, desde Pepe Delgado a Tino Samaniego, junto con Mingo Balaguer y Julio Colín, con los que desde hace ya casi 20 años mantiene la formación Bluesville. Toca en la calle, en fin, y no por ello es "menos músico", dice Little Boy Quique con tono muy categórico aunque sin perder el tono afable, como si estuviera más que seguro de no tener que convencer a nadie.
En eso se ha empeñado, no obstante, el también músico Fernando María, que desde que lo conoció a mediados de los años 90, no ha cambiado un ápice su opinión: "Siempre lo he tenido clarísimo, es uno de los artistas más verdaderos que he conocido, y he conocido a muchos. Además, hace un estilo concretísimo, algo que hacen hoy muy pocos músicos, incluso en Estados Unidos. Porque te pones a escucharlo y en sus canciones hay un montón de citas, muchos no las pillarán, pero las hay: cómo entona porque tal lo hacía así, ese tipo de cosas, y no es que vaya hasta Muddy Waters, es que se remonta hasta bastante más atrás. Hay mucha erudición ahí y además es alguien de verdad muy singular. Creo que había que dejar constancia de que Little Boy Quique existe, yo lo sentía casi como un deber, evidentemente no estamos pensando, ninguno de nosotros, en hacernos ricos. Pero aun así se merece toda la atención que le estamos dedicando", afirma este guitarrista, más relacionado habitualmente con el mundo del flamenco pero siempre atento, en cualquier caso, a "la música de verdad"; él es el principal impulsor de I've Got the Blues, el proyecto audivisual "total" (disco, más concierto en directo sin público durante el que se grabó el disco, más un documental sobre los músicos de blues andaluces) que ha producido él mismo bajo el sello de su estudio (Lowmax) en asociación con la productora Zancada Film, y con el apoyo del Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla (Cicus), que cedió sus instalaciones en la calle Madre de Dios para la grabación de esta serie de standards de blues rematada con dos temas propios.
No será el primer disco de Little Boy Quique -ya sacó uno hace un par de años, promovido por Pepe Delgado y editado por la Casa del Blues de Sevilla, titulado They Call me Little Boy, pero sin distribución comercial, que él vende en la calle y en sus conciertos-, pero sí desean, tanto el productor como el músico, que tenga más visibilidad (estará en las tiendas de discos en octubre, la fecha prevista para su lanzamiento; también en las plataformas más conocidas de descargas digitales) y que sirva tambien como "tarjeta de visita" para atraer a programadores de salas y festivales. Little Boy Quique espera que haya suerte, pero si no... "Bueno -dice, con esa serenidad tan característica-, esto es mi vida: siempre con el blues a cuestas".
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