Luis Manuel Ruiz. Escritor "Todo es literatura: lo que llamamos realidad también es una ficción"

  • El narrador explora su fascinación por los autómatas en 'Corazón de marfil', una novela que se acerca también a la mitología que rodea el ajedrez

El narrador Luis Manuel Ruiz. El narrador Luis Manuel Ruiz.

El narrador Luis Manuel Ruiz. / Antonio Pizarro

Quienes siguen la trayectoria de Luis Manuel Ruiz (Sevilla, 1973) conocen su prosa siempre cuidada y su interés por combinar en sus textos cuestiones filosóficas con una clara dimensión lúdica. Corazón de marfil (Algaida), su última novela, la historia de un investigador que recibe el encargo de dar con un antiguo autómata capaz de la más prodigiosa jugada de ajedrez, ahonda en esa literatura tan sólida como gozosa. El autor, colaborador del Grupo Joly, firmará este sábado ejemplares de su nueva obra en la Feria del Libro de Sevilla, en las casetas de Botica de Lectores (19:00) y Librería Palas (20:00).

–"El ajedrez es una metáfora del cosmos. Blancas contra negras simbolizan el enfrentamiento del bien contra el mal, de la luz contra la sombra, del orden contra el caos", dice uno de los personajes de Corazón de marfil. ¿Usted comparte esa visión casi sagrada del ajedrez? ¿Era devoto de este juego antes de escribir la novela?

–Honestamente, me adentré en las claves del ajedrez para este libro. Me interesa el tema, pero desde la distancia, porque soy tremendamente torpe. He intentado toda la vida que me gustara, por toda la mitología que le rodea, porque está vinculado con la inteligencia, por el respeto que le tenía Borges, pero no se me da bien. Me atraía usar todo lo que simboliza el ajedrez para una trama entre policiaca, fantástica y de aventuras. Pero la idea del ajedrez, inicialmente, no estaba en la matriz de la obra. Yo quería hablar de autómatas.

–En un pasaje del libro, otro de los personajes expresa su admiración por los autómatas porque "no dudan, no sufren, no tienen remordimientos ni corazón". ¿Qué le atraía a usted de estas figuras?

–Siempre me ha fascinado el tema del hombre artificial, del doble, del ser que parece vivo pero no lo está, del robot, del maniquí. Soy aficionado a la literatura fantástica y quizás por ello esas figuras me han cautivado. La idea original de la novela era prestarle voz y protagonismo a uno de esos personajes; la historia me llevó a los autómatas y de ahí salté al autómata más famoso, que jugaba al ajedrez y sobre el que escribió Edgar Allan Poe. En el horizonte aparecieron también los autómatas biológicos, por así decirlo, eso que exploraba tan bien Blade Runner. La ambientación es un homenaje a ese mundo futurista, oscuro, desencantado de la película, donde hay seres artificiales que no saben si sus deseos y sus recuerdos les pertenecen realmente.

–Muchas de las preguntas que se hacían en Blade Runner asoman por esta novela.

–Tanto la primera como la secuela de Denis Villeneuve, que también me pareció fabulosa, tienen unos personajes con muchísima carne. Esas historias hablan de nosotros. ¿Hasta qué punto los seres humanos no somos un poco autómatas y artificiales, no inventamos nuestras propias personalidades, nuestros propios sueños? Explorar todo eso da muchísimo juego. Por eso el personaje principal es lo que en otras historias llaman un replicante.

Corazón de marfil habla de los avances en ingeniería genética. ¿Qué hay de ficción y de realidad en lo que cuenta?

–La novela recurre a la fantasía en otros derroteros por los que se mueve, pero no ahí. Se sabe por las esquinas que hay laboratorios que están trabajando en alteraciones de seres humanos. Hoy en día esto plantea dilemas, pero en unos años será natural. Todo ese trabajo puede ayudar a la desaparición de enfermedades o a la mejora de las condiciones de vida. Es un asunto que tiene sus detractores, muy complejo moralmente, pero que se irá aclarando en un tiempo.

"Los autómatas no nos son tan distantes. ¿Hasta qué punto los humanos no somos un poco artificiales?”

–El mundo de los autómatas esconde historias fabulosas, desde aquella patraña de El Turco hasta la leyenda de que Descartes se fabricó una hija artificial...

–Sí, esas historias son increíbles, El Turco es el autómata más famoso de todos, esa idea de que pudiera con cualquier contrincante que lo desafiara al ajedrez lo convirtió en un icono de la fantasía. En el siglo XVIII asombró al mundo, aunque realmente los movimientos y avances en el juego se debían a un enano que estaba metido en una estructura, como destapó Edgar Allan Poe en un artículo. Sus sucesores serían las computadoras que juegan al ajedrez, como el Deep Blue que venció a Kaspárov. Luego está esa leyenda que circula sobre Descartes, eso de que una vez que muere su hija él la revive como una muñeca. Es curioso, pero en el siglo XVII, sobre todo, hay muchos filósofos y científicos que abordan el tema de la vida artificial.

–A través de un personaje secundario, el viejo Mandelbrot, usted reflexiona sobre las tensiones, los vínculos, entre la literatura y la vida, un binomio muy presente en su obra.

–Sí, ese hombre vive en una librería. Le lleva a su hijo desde que éste es pequeño libros de aventuras, y el hijo un día se queja de que quiere vivir, sin darse cuenta de que lo que le esperaba fuera también era literatura. Es una idea en la que creo y en la que insistiré por los siglos de los siglos. Todo es literatura, en el fondo. Eso que llamamos realidad y verdad también es ficción. A ese personaje le tengo un especial cariño. No me habría importado tener una librería de viejo y estar todo el día metido ahí.

"Antes, si te gustaba el fantástico eras un friqui. Marvel o 'Juego de tronos' han propiciado un cambio positivo"

–En Corazón de marfil se encuentran algunos rasgos característicos de su producción literaria, como esa voluntad de aventura que no está reñida con la erudición. Si se echa la vista atrás, se puede decir que ha tenido una trayectoria muy coherente.

–Ocurre una cosa: cuando te pones más fantástico es más difícil vender tu libro, y durante mucho tiempo me corté en ese sentido. En Corazón de marfil siento que me he liberado. Mentiría si dijera que no me importan los lectores, pero quizás ésta sea una propuesta más desprejuiciada, más despreocupada que las anteriores. Es una obra muy afín a lo que he hecho, sí, pero quizás aquí he ido un poco más allá. Estar pendiente de lo que puede o no interesar al lector es un pensamiento peligroso, porque puedes acabar haciendo cosas que no te gustan.

–¿Cree que todo el entusiasmo que ha suscitado Juego de Tronos ayudará a una mayor aceptación del género fantástico?

–Yo soy bastante positivo. Sigo sorprendido con la cantidad de gente que está entregada a una historia de dragones. Cuando yo era pequeño, si te interesaba Star Wars eras un friqui. Y hoy, gracias a Juego de Tronos, gracias a todos los superhéroes, a la Marvel y los Vengadores, uno puede ser amante de lo fantástico y no hay nada de malo en ello. Es un buen principio. Yo sostengo que hay una relación más estrecha de lo que pensamos entre lo audiovisual y los libros. Por mi contacto con los adolescentes en el instituto, veo que los que se aficionan a los videojuegos y a las series son los que acaban leyendo. Los que no lo hacen son los que sólo juegan al fútbol y ven Hombres, mujeres y viceversa. Y volviendo a Juego de tronos: dicen que la gente está tan descontenta con el final de la serie que va a ir en masa a las librerías, a ver si George R. R. Martin ha escrito algo distinto. Bienvenido sea.

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