Maui | Crítica

Lágrimas de emoción y de risa

  • Finalizó el ciclo 'Las mil y una músicas', patrocinado por la Fundación Tres Culturas, con un concierto de flamenco fusión que Maui llenó de colorido y sensibilidad

Maui y Paco Soto ante el pabellón marroquí Maui y Paco Soto ante el pabellón marroquí

Maui y Paco Soto ante el pabellón marroquí / Araceli Míguez

Pocos lugares tan agradables para asistir a conciertos en Sevilla durante el mes de julio como los Jardines Andalusíes del Pabellón Hassan II, en los que ha tenido lugar el ciclo Las mil y una músicas, patrocinado por la Fundación Tres Culturas, que tiene ahí su sede y que desde 1998 promueve un diálogo intercultural y de fusión entre todos los pueblos del Mediterráneo con los innumerables conciertos que organizan, ahora con un carácter mucho más local debido a las restricciones. Todas las semanas de julio el majestuoso pabellón marroquí ha servido de fondo a músicos y cantantes más cercanos, despidiéndose el miércoles con la colorista y divertida manera que tiene la utrerana Maui de fundir el flamenco con toda clase de músicas urbanas, clásicas y actuales.

Como todos los conciertos anteriores, este ha sido también un éxito de asistencia, llevando a Maui a decir que “en mis 15 años de carrera nunca había agotado las entradas en una hora, cuando me enteré hice la croqueta tres veces”, con un humor contagioso que no le impidió en absoluto mantener el arte y el compás a través de unas canciones con las que nos hizo viajar desde Utrera hasta Cádiz pasando por Madrid. Y todo ello con la única ayuda del guitarrista Paco Soto, magnífico desde que subió solo al escenario para lanzar unos toques por mineras que sirvieron de preámbulo a la triunfal entrada de Maui y su estrambótico vestido, que comenzó con su actual single, Mi alfombra, para después cantarnos por bulerías, por alegrías, por rumbas y sobre todo hacernos partícipe de su manera sutil de plasmar la crítica social, ya fuese a través de su propia visión, como en A Madrid, reflejando sus vivencias, con aún muchos pájaros llenando su cabeza, en aquel apartamento de Malasaña “en el que cabíamos dos personas de perfil”, o a través de la de personajes cargados de fuerza, como el poeta caletero “con el estómago a dieta y el alma con sobrepeso” que nos describió en su canción Juan.

El no deseado final lo inició Maui con una dedicatoria plena de sensibilidad a su tío, Bambino, para hacer la única versión de la noche, Procuro olvidarte, con un desgarro que sin duda se le pegó de escuchársela a él desde chica. Fue el único momento también en que se acompañó del cello, que toca con maestría. Y se despidió con La noche perfecta, un título que describe lo maravilloso que es pasar todo un concierto enjugándose las lágrimas causadas tanto por la risa como por la emoción.

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