Memoria de Javier Marías
Publicada una antología de sus artículos a lo largo de las dos últimas décadas
Lo afirma el economista y crítico de cine Miguel Marías, hermano mayor del escritor: dada la conocida reticencia del novelista a escribir sus memorias, esta antología será lo más parecido a un itinerario autobiográfico que los lectores de Javier Marías podrán leer nunca. Puede ser, pero se trata de un itinerario conocido, pues los textos aquí recopilados, que el propio autor ha ido reuniendo en volúmenes, proceden en su mayor parte de su colaboración semanal en las revistas dominicales, aunque la selección, preparada por Inés Blanca, incluye piezas aparecidas en otros medios o formatos y, como colofón, una larga entrevista inédita en España, concedida por Marías a The Paris Review. La publicación de Aquella mitad de mi tiempo no ofrece por tanto novedades, pero es verdad que leídos uno detrás de otro, y pese a las fastidiosas reiteraciones habituales en estos casos, los artículos seleccionados trazan una cartografía personal que define bien, si no la trayectoria completa del novelista, el sustrato del que procede, algunos personajes y episodios clave de su formación y algunas de sus preocupaciones recurrentes.
No está aquí, o apenas comparece, el Marías polemista, entusiasta fustigador del papanatismo, siempre dispuesto a denunciar las carencias y los malos hábitos de la sociedad contemporánea, todo un clásico, bienhumorado y anticastizo, de las mañanas de domingo. Ordenados en bloques temáticos, a los que se añaden un falso diario y la mencionada entrevista, los textos seleccionados -el más antiguo data de 1987- hablan de la infancia, la familia, los amigos y maestros, los escenarios, las personas y las experiencias cuyo recuerdo ha evocado el escritor a lo largo de las dos últimas décadas.
Están la fugaz estancia de New Haven, Connecticut, y el barrio madrileño de Chamberí, la casa hasta tal punto atestada de libros que los cuadros se disponían con bisagras, colgados lateralmente de las estanterías. Están los veraneos de Soria y la biblioteca de un íntimo amigo de la familia cuya casa es ahora la segunda residencia de Marías. Está la escapada a París, donde el precoz narrador escribió su primera novela, alojado en el piso de su tío Jesús -más conocido como Jess Frank-, un prolífico autor de películas pornográficas y de terror que avergonzaban a la familia y se han convertido en filmes de culto. Está el también cineasta Ricardo Franco, primo del novelista, que arrastraba las chapas cuando jugaban de niños y ofició de mediador en su primer beso. Está, inmensa, la figura del señor padre, don Julián Marías, uno de los hombres más valiosos y honestos de su generación, cuya trayectoria intachable ha reivindicado el hijo en páginas conmovedoras. Y también la de la madre, Dolores Franco, a quien todos llamaban Lolita, una mujer avanzada y culta -hay otras en la vida del escritor, ancianas venerables (mis viejas) que conservaron la curiosidad intelectual hasta el momento mismo de la muerte- a la que debemos un libro, España como preocupación, cuyo título fue rechazado por los censores, que no veían clara la combinación de la frase con el nombre de la autora.
Están, claro, los amigos ingleses -Peter Russell, Eric Southworth- de los años de Oxford y compañeros de oficio como Fernando Savater, Luis Antonio de Villena o Eduardo Mendoza, cómplices en la muy novelesca historia del Reino de Redonda, nombrados duques -como Guillermo Cabrera o el profesor Rico, asimismo homenajeados- por el legítimo heredero de los también escritores Shiel y Gawsworth, insospechados precursores de Xabier I en el linaje de una monarquía imaginaria que tiene su origen en una isla diminuta del Caribe. Están el prematuramente fallecido Sebald y el maestro entre los maestros, Juan Benet, con quien tanto quiso el joven Marías. Está, en fin, no por explicado menos irresoluble, el misterio de su relación con Pérez-Reverte.
Dice con razón Miguel Marías que en el conjunto predomina, acaso inevitablemente, el tono elegíaco, porque el tiempo es implacable y a partir de un cierto momento todo se torna desposesión y pérdida. También lo perdido, que no muere del todo, nos define. Este es un libro sin duda menor en la fecunda trayectoria literaria del autor de Negra espalda del tiempo, un libro menor pero no prescindible. Un autorretrato incompleto pero suficiente.
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