ORQUESTA BARROCA DE SEVILLA | CRÍTICA Furor y delicadeza

Onofri y la OBS gloriosamente de nuevo.

Onofri y la OBS gloriosamente de nuevo. / Juan Carlos Muñoz

Gloriosa despedida alla italiana de la temporada de conciertos de la OBS de la mano del director que mejor entiende al conjunto y con quien más se compenetran los músicos. Valga para demostrarlo la colección de cinco estrellas que acumulan los conciertos en los que Onofri se pone al frente de una OBS que no pudo celebrar en condiciones el año pasado su vigésimo quinto aniversario, pero que se ha desquitado con creces este año, especialmente en este concierto de cierre.

Onofri tiene la virtud de sacar oro de cualquier partitura, incluso aquéllas que sobre el papel pueden parecer poco interesantes. Pero cuando pasan por sus manos, como es el caso de las sinfonías de Pergolesi y de Sammartini, saca a la luz todo un universo de efectos retóricos y de senderos expresivos que parecen no dejar nunca de bifurcarse. Desde los primeros compases guió a la OBS hacia un sonido denso, compacto, sí; pero también rico en colores y de una flexibilidad en materia de ataques, de articulación y de regulación dinámica realmente asombrosas. Sobresaliente el sutil y liviano legato del Andante de la sinfonía de Pergolesi, así como la contundencia dramática del espectacular arranque de la obra de Sammartini. Como solista, Onofri se unió a otros tres violinistas de la OBS en un vistoso y teatral concierto para cuatro violines, enfrentados dos a dos, de Leo, con el lujo añadido del rico y potente continuo habitual de la OBS. Resultó especialmente brillante la claridad en la exposición de las voces de la fuga, mientras que el tercer tiempo fue fraseado como si de un aria operística se tratase, con su introducción orquestal y su cantilena deletreada a cuatro voces.

Lo que convirtió a este concierto en algo aún más especial si cabe fue la presencia de la joven soprano vasca Jone Martínez. Voz de tintes angelicales, clara y brillante, proyectada con exultante facilidad y capaz de ascender al sobreagudo con poderío y solidez tonal, se enfrentó como si nada con pasajes de endemoniadas coloraturas en las piezas de Vivaldi, pero también con pasajes cantados a media voz y a flor de labios como Sit nomen Domini.

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