Orquesta Bética de Cámara | Crítica Incógnitas en la vuelta de la Bética

La Bética volvía al Espacio Turina para inaugurar una temporada con cuatro conciertos La Bética volvía al Espacio Turina para inaugurar una temporada con cuatro conciertos

La Bética volvía al Espacio Turina para inaugurar una temporada con cuatro conciertos / Joaquín Romero Lagares

Después de un año de eclipse, vuelve la Orquesta Bética de Cámara a intentar ocupar un espacio en la vida musical sevillana, y lo hace con una temporada de cuatro citas, la primera de las cuales deja notables incógnitas sobre sus verdaderas posibilidades.

No ayudó la elección de un atípico repertorio para la apertura de una temporada que llega después de una larga ausencia. Este París alegre se llenó de piezas cortas de compositores menores, la mayoría en arreglos de difícil filiación, porque tampoco ayudó la falta de un programa de mano digno de tal nombre.

Puede que fuera una declaración de intenciones, un intento de apartarse de repertorios más conocidos en los que la competencia es brutal, pero abrir con la ligerísima Obertura de una comedieta musical, un pastiche de Hahn medianamente olvidado (Mozart) marcó todo el concierto, que se movió entre gélidos arreglos de Gymnopedies e incluso, aunque más cálido, del À Chloris de Hahn (con el corno inglés en sustitución afectuosa de la voz), y piezas con saxofón solista hasta un final de resonancias folclóricas con la Suite francesa de Milhaud.

Michael Thomas no acabó de encontrar el tono adecuado a una música transmitida con un precario empaste entre secciones y una falta clamorosa de sutileza. (Tampoco ayudó la acústica de la sala para un conjunto de este tamaño, es cierto.) El utrerano Manu Brazo mostró musicalidad, sensibilidad y virtuosismo, especialmente en el Scaramouche de Milhaud, cima de un recital que no puede ser la referencia de una orquesta con ambiciones.

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