Peeping Tom propone un inclasificable viaje al interior del cerebro
Danza
La prestigiosa compañía belga ofrece hoy y mañana en el Teatro Central el estreno español de '32 rue Vandenbranden'
Igor Stravinsky, Vincenzo Bellini y hasta Pink Floyd ponen banda sonora a una danza de contorsiones improbables y convulsivas. Cinco bailarines y una mezzosoprano le dan forma. Es la lección de surrealismo teatral que propone -esta noche y mañana en el Teatro Central- una de las mejores compañías europeas: Peeping Tom. Tras su celebrada trilogía integrada por Le Jardin, Le Salon y Le Sous Sol, mostrada integralmente en este espacio escénico sevillano, la formación belga regresa a la ciudad con el estreno nacional de 32 rue Vandenbranden.
Acceder al universo particular de Peeping Tom supone adentrarse, como recuerda el programador Manuel Llanes, en un universo onírico tan inquietante como el que David Lynch recorre en sus películas Terciopelo azul o Cabeza borradora. Su nuevo trabajo es, además, rotundamente cinematográfico y parte del imaginario claustrofóbico de una popular cinta japonesa: La balada de Narayama, de Shohei Imamura. Tras dejar atrás la esfera familiar de su celebrada trilogía, donde se contaba la ruina de una saga aristocrática, "aquí tratamos de mostrar el individualismo humano y su particular manera de reaccionar ante los miedos y temores" que genera la sociedad actual, según recordaba ayer en Sevilla la coreógrafa de la compañía, la argentina Gabriela Carrizo. Un cóctel servido con la inconfundible mezcla de teatro, danza y música que caracteriza a esta formación fundada por antiguos alumnos de luminarias belgas de la danza como Alain Platel o Anne Teresa de Keersmaeker que, asevera Manuel Llanes, "han logrado alcanzar a sus maestros".
32 rue Vandenbranden está ambientada en la cima de una montaña y su gran cielo "abierto y desolador" se asemeja por momentos al de los paisajes surrealistas de otro belga universal, el pintor René Magritte. El decorado cuenta con el apoyo "de un sistema acústico envolvente con el que pretendemos crear un ambiente de cine que deje al público en estado de hipnosis y lo precipite al mundo del subconsciente", añade el codirector de Peeping Tom, el francés Franck Chartier. Para él, la obra expresa la "presión a la que está sometida el ser humano" y que se traduce en el amplio catálogo de miedos y paranoias que afloran en este espectáculo que "tiene nuestro sello particular aunque la danza es menos acrobática que en los anteriores".
Otra novedad es que Gabriela Carrizo y Franck Chartier se alejan del escenario para controlar los dispositivos técnicos y dirigir con su carisma a un equipo "nuevo y joven, lo que ha supuesto todo un desafío para nosotros" que está integrado por bailarines veinteañeros procedentes de Corea, Bélgica, Holanda y el Reino Unido. A ellos cinco se les suma sobre las tablas esa incondicional compañera de viaje que es la mezzo belga Eurudike De Beul, que trabajó con el grupo en la trilogía y los dos espectáculos anteriores a ésta (Caravana y Une Vie Inutile). El montaje, además, está dedicado a la integrante española de Peeping Tom, María Otal, fallecida el pasado noviembre a los 82 años después de una vida plena de creatividad.
Peeping Tom: 32 rue Vandenbranden. Hoy y mañana a las 21:00. Teatro Central. Estreno nacional. 15 euros
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