Cultura

Pepe Soto y su idea de la pintura

  • La Caja China exhibe las últimas obras que hizo el creador, óleos de pequeño formato en los que se aprecia su muy riguroso concepto del arte

No hará dos años, visitando el estudio de Manuel Salinas que compartía con Pepe Barragán y Pepe Soto, tras elegir algunos cuadros de Salinas para una exposición, sorprendí a Pepe Soto pintando. Pintaba en horizontal sobre una mesa, utilizando una brocha o pincel ancho y redondo como si fuera un tampón para aplicar la pintura desde arriba con movimientos firmes y repetidos. Cada golpe de pincel dejaba una huella de pintura que la repetición del gesto extendía y disimulaba hasta llenar, imagino, pues me retiré pronto y dejé al pintor continuar su tarea, una zona previamente delimitada. Una fotografía de principios de los setenta documenta esta forma de pintar y nos informa de que era su forma de pintar desde que empezó con la abstracción a finales de los 60.

Entonces también compartía estudio con Carmen Laffón y Fernando Zóbel. La presencia en Sevilla de este último fue decisiva para decantar la propuesta artística que Pepe Soto venía gestando desde antes, por lo menos desde que también con Carmen Laffón y con Teresa Duclós formó el equipo que puso en funcionamiento la galería La Pasarela de Enrique Roldán en 1965. La información que tenía Zóbel, su aprecio y conocimiento de la pintura abstracta norteamericana, su saber trasmitirlo y compartirlo, llevaron a Pepe Soto a volver a pintar después de haber abandonado la figuración. Aunque mejor sería decir a empezar a pintar su pintura, porque en la abstracción encontró la verdadera posibilidad de expresar su idea de la misma. Rothko y Barnett Newman son los pintores que más le interesarán y sobre ellos compondrá su propia pintura, una pintura sin referencias ni ilusionismo que sólo se representa a sí misma. Los grandes campos de color de Barnett Newman, surcados por finas líneas, y el color misterioso de Rothko serán, a grandes rasgos, los protagonistas de la pintura de Pepe Soto. Habría que añadir también el desbordamiento del espacio que se produce en las obras de Piet Mondrian y que hace que la pintura se prolongue por la pared, para acercarnos a la la poética de Soto.

Desde entonces, esta concepción de la pintura ha permanecido inalterable hasta su reciente fallecimiento, y las obras de esta exposición son el último testimonio. Así, cuando volvió a pintar hace unos años después de dejarlo en 1975, lo hizo para comprobar que su idea de pintura funcionaba también en formatos grandes, como los de los pintores norteamericanos y que no pudo experimentar en los setenta porque no se daban las condiciones adecuadas en la Sevilla de entonces para ello. Los resultados se pudieron ver en la exposición del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo en 2012, donde incluso trasladó la pintura a una gran escultura, Negro y rojo sobre blanco. Espacio continuo en diagonal, una especie de monolito recorrido en sus cuatro caras por una pintura imposible de abarcar sólo con la mirada y que invita a transitar alrededor de la escultura, del objeto pintado, para experimentar, para vivir la pintura. Esa escultura no deja de ser una consecuencia lógica de su pintura, que tiene un fuerte contenido objetual, de cosa en sí, aunque, como en estas últimas estén realizadas en y sobre papel.

En el almacén de la galería se ha colgado una obra de 1971 donde encontramos el mismo tipo de espacio angular activado por las finas líneas en la zona de contacto entre los campos de color que en las últimas obras. Esa pintura, también sobre papel, acepta una idea frecuentada por José Ramón Sierra entonces: el marco antiguo conteniendo la obra nueva. El marco limita en gran parte la expansión de la pintura, pero refuerza el sentido objetual de la misma.

Las pinturas que ahora se muestran aportan la novedad del óleo y unos colores, siempre de un tono y una profundidad tan extraña como atractiva, más intensos, especialmente los rojos. El uso del papel añade solidez a los mismos al comunicar mejor que la trama del lienzo la entidad material del color como color. No sé si será ahora el color, el espacio o qué, pero el caso es que al contemplar estas obras -la contemplación es una función del pensamiento- ocurre que las encuentro más nuevas que nunca por mucho que Soto sea pintor de un solo cuadro repetido con variantes todas las veces. Por ejemplo, no estoy seguro si las finas líneas en las zonas de contacto de los colores dinamizan y hacen vibrar el espacio pictórico como creía o también, y a la vez, lo serena y lo ordena, como me pasa ahora. Muy posiblemente, el verdadero logro de Pepe Soto como pintor esté en reconocer y superar ese contraste, en el equilibrio entre la tendencia al estatismo y la propensión al dinamismo; en conseguir reducir esas tensiones a una unidad armónica y ordenada, en suprimir la dualidad mediante elementos tan simples, en principio, de expresión plástica.

Aunque Pepe Soto era capaz de apreciar muchos tipos de pintura, y nunca se valorará suficientemente su siempre discreta contribución al buen desarrollo de la escena artística sevillana, creo que la suya refleja también de manera fiel su idea del mundo, o por lo menos, su idea posible o deseable de un mundo armónico y ordenado aun en su extrema variedad.

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