La ventana
Luis Carlos Peris
Cuidado, martes y 13
Toros, o lo que fuera, de auténtico escándalo. De vergüenza. Fue seria la cosa. A punto de un altercado de orden público, con la plaza desgañitándose en protestas contra el palco, contra los toreros y contra la empresa. No es normal tantos despropósitos.
Valencia, plaza de primera, pero por la cola. Debería intervenir la Diputación, propietaria del coso, porque los taurinos, está visto, no tienen hartura. No hay freno, ni límite para sus fechorías.
Pobres toros. Seleccionados en el límite de la mansedumbre. Y no contentos con reducirles los genes de la bravura, la afrenta de quitarles también las puntas. Agresividad ninguna. Y la operación de pasarlos por el mueco (cajón donde los afeitan) quebrantándoles aún más sus pocas fuerzas. Una vergüenza. De pena. Lástima de Fiesta. Ni corrida, ni nada. El toro por los suelos. ¿El toro? Ellos sabrán. Están ricos gracias al toro, y así se lo reconocen. Y con el público pagano, ojo, que pasa por taquilla, verdadero sustento de todo el tinglado.
La protesta duró exactamente los dos toros de El Juli y los dos de Manzanares. Tuvo mérito Perera de saber apaciguar la bronca mientras estuvo en acción.
Al Juli le llamaron becerrista mientras se entretenía con su inútil primero y expresaba su tristeza e impotencia también con el flojísimo cuarto. En ambos entró a matar apremiado por los pitos.
Lo de Manzanares, también pura pantomima, a base de trapazos mientras no cesaba el coro de las protestas dirigidas fundamentalmente al presidente. ¿A quién defiende la autoridad?
Lo milagroso es que tanto desencanto tuviera tregua en el tercero. Fue cuando Perera llevó el único entusiasmo a los tendidos. Toreo pulcro y academicista, de trazo firme y sentido, que pudo haber tenido premio si no llega a ser por el feo metisaca final.
Y ya en el sexto, sí, explotó la magia del toreo. ¿Cómo es posible que un solo toro pueda cambiar el signo de la tarde? Perera, en un momento tan dulce de su carrera, de tenerlo tan claro y de ser tan capaz, debería cuidar de no verse atrapado por los errores del sistema. Un torero poderoso, artista y valiente, como él, no necesita de las triquiñuelas que mantienen a los otros. La última torpeza presidencial fue no concederle a Perera las dos orejas, merecidas con creces.
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