Crítica de Flamenco 'Emovere' Una bailaora diferente

La Piñona y Jonathan Reyes en un pasaje de 'Emovere'. La Piñona y Jonathan Reyes en un pasaje de 'Emovere'.

La Piñona y Jonathan Reyes en un pasaje de 'Emovere'. / Remedios Málvarez

La Piñona es una bailaora diferente. No pertenece a escuela alguna. Tampoco se parece a ningún otro intérprete. Su baile es personal y no está influido por tendencias ni modas. Y eso es por la cualidad más importante que observamos en su arte: la credibilidad. Nos creemos el drama de las seguiriyas, los tarantos o la soleá. Nos creemos la alegría del garrotín festero, evocando a los Cafés Cantantes decimonónicos, que cerró la pieza. Pero esta isla de placer, algo compulsivo a veces, fue eso, una isla en medio del mar de desolación que propone Emovere.

La Piñona sabe ser frenética cuando así lo requiere la obra e íntima cuando se lo propone. Por eso, si los pasajes más técnicos los resuelve con toda la fuerza de su cuerpo rotundo, también sabe trasmitir emociones, más si cabe, en los pasajes a cámara lenta y en los silencios. Si impresionante fue la seguiriya, conmovedores resultaron los tarantos, que introdujo a través de un dúo con Paco Vega muy brillante. Aquí surge el ingenio en forma de vestuario y la falda roja se trasforma en una capa, en un mantón, para dejar paso a un traje de cuero. La Piñona dio muestras de su manejo de los recursos tradicionales para imprimirles nueva vida y los tarantos resultaron, dentro de su concepto clásico, rematados por tangos, completamente novedosos. En la bulería hubo un guiño a Manuel Molina como lo había habido antes a Morente. La petenera, corta, directa, se mezcló y confundió con la soleá y la caña.

Todo ello articulado sobre una bellísima partitura de Francisco Vinuesa que asume el legado clásico para lanzarse hacia adelante. Y con las voces poderosas de Moi de Morón, rotundo en seguiriya y taranto, La Lebri, fresca, natural, y Jonathan Reyes.

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