Pony Bravo | Crítica Los gurús de la distopía

  • Pony Bravo despidió la gira de su disco "Gurú" ante una audiencia entregada, que llenó por completo la Sala X.

Pablo Peña, al bajo durante el concierto de Pony Bravo Pablo Peña, al bajo durante el concierto de Pony Bravo

Pablo Peña, al bajo durante el concierto de Pony Bravo / Coral Rocío González

Pony Bravo puso fin a la gira de su disco Gurú en una Sala X en la que se habían agotado las entradas y que les recibió con muchas ganas de disfrutar de sus ritmos electrónicos, sobre todo tras la sobreexcitación que había  producido el montaje de Flamenco it’s not a crime de Los Voluble, que dejó a la abarrotada sala con síndrome de abstinencia.

Comenzaron con Pumare-ho! y sus excelentes acordes de reggae, seguidos de Noche de setas, aunque esta vez sonaron más planos de lo que nos tienen acostumbrados. Está claro que la banda no va a sonar siempre como lo hicieron hace apenas dos meses en el Teatro Central, cuando presentaron el disco en Sevilla, y el de anoche no fue uno de sus mejores conciertos, pero Pony Bravo no conoce la expresión “no podemos”, simplemente retumban a través de cada composición de una forma que a otros músicos más convencionales les provocaría un mal ataque de paranoia en el escenario.

Porque el orden de ideas de este grupo sería perturbador si no fuese porque su terremoto de techno malvado y de breaks hacen apetecible vivir (y bailar) en la distopía que proponen en este último disco, del que sacaron las piezas siguientes, Relax y rolex, en la que ya queda desfasado el verso de admiro a Albert Rivera porque es un ganador y Casi nazi, con la que comenzó a diluirse el efecto general opresivo que sentía el público, que ya se metió de lleno en el hipnótico trance de Ninja de fuego aunque luego no se dejase infectar por Errores son horrores, que inhibió el delirio.

El tramo hedonista del concierto comenzó con El rayo, nos hizo vibrar con Loca mente e hirvió por completo con El político neoliberal. La cantidad de energía generada por la banda la supieron canalizar de manera experta y Mi DNI y La rave de Dios fueron un brillante final del set, que dejó a la gente feliz y preparada para los bises, iniciados con el pervertido funk de Rey Boabdil, fundido con el boogaloo de la Zambra de Guantánamo, para estallar definitivamente en el adiós final de Totomami.

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