SEPHARDICA | CRÍTICA

La fuente que mana y corre

Sephardica.

Sephardica. / ACTIDEA

Hace mil años que nació Salomón ben Yehudah Gabirol, conocido en el mundo cristiano como Avicebrón. Poeta y filósofo (las dos caras de la misma moneda) judío que escribió en árabe y cuya obra principal, Fons vitae, conocemos gracias a la traducción latina que la hizo difundirse por todo el Occidente medieval y sembrar de influencias buena parte de la filosofía escolástica. Un perfecto ejemplo de inserción intracultural en el medievo hispano que hace aún más atractiva su figura, ya de por sí atrayente por su vida y su obra, a mitad de camino entre la tradición talmúdica y el neoplatonismo. Lo que le hizo sufrir el anatema de su comunidad hebrea, por cierto.

Sephardica rindió homenaje a Avicebrón con una ramillete de composiciones espigadas de entre la tradición sefardí y la andalusí. Tradición como invención, puesto que bajo ese concepto se engloban obras de procedencias estilísticas, geográficas y cronológicas muy diversas, sin que podamos estar nunca ciertos de si estas músicas fueron realmente contemporáneas o cercanas temporalmente al menos de aquel judío errante. Los integrantes de este conjunto conocen a la perfección las claves interpretativas de estas músicas y saben sacar provecho a una materia musical parca mediante el juego de timbres y colores y la alternancia de secciones vocales e instrumentales. Villalba desplegó un amplio muestrario de instrumentos de cuerda pulsada, consiguiendo en todos un espléndido resultado, si bien nos quedamos con sus brillantes intervenciones casi rockeras con la guitarra morisca. Marina arropó con delicadeza y comedimiento con el sitar y los diversos panderos, mientras que Núñez sedujo en todo momento gracias una voz que pasa del registro natural al impostado con fluidez y que transita con agilidad a lo largo de los melismas y ornamentaciones, sin olvidar su capacidad de modulación en una obra de afinación compleja como La visita del amado.

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