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El niño que vino del futuro

Arco | Crítica

Una imagen del filme de animación nominado al Oscar.

La ficha

*** 'Arco'. Animación, Francia, 2025, 88 min. Dirección: Ugo Bienvenu. Guion: Ugo Bienvenu, Félix De Givry. Música: Arnaud Toulon.

Si el año pasado le tocó a la letona Flow, de Gints Zilbalodis, recoger todos los galardones de la animación de autor, también su Oscar, este va a ser el de Arco, la cinta francesa de Ugo Bienvenu que ayer conocía su propia nominación y el pasado fin de semana se hacía con el premio EFA de su categoría.

A diferencia de su predecesora, que hacía de la escenología digital y el mundo silente de los animales todo un tratado estético para una hermosa fábula distópica sin humanos, Arco ancla bien sus referentes plásticos en Miyazaki (aunque con mucha menos movilidad y matices) y en los relatos de viajes en el tiempo que, como han apuntado muchos cronistas, remiten una vez más al trayecto homérico filtrado por la sensibilidad de un Spielberg.

Arco es el niño venido del futuro, un futuro de casas elevadas en plataformas, familias virtuales y tierra en barbecho, que decide escapar y viajar en el tiempo con su capa multicolor para recalar en un 2075 donde humanos y robots conviven en armonía en un planeta amenazado por el calentamiento global.

La trama de E.T. (o sea, volver a casa) planea en el horizonte y la memoria como sendero narrativo infalible que permite a Bienvenu dibujar un mundo de trazo limpio y rica paleta de color donde la aventura tiende siempre a quedarse de este lado de lo siniestro y donde la amistad, la ecología o el canto a la diversidad se alzan como mensajes conciliadores.

Se le nota en todo caso a su película esa voluntad de acomodarse en un lugar intermedio entre el destino adulto y la complacencia hacia públicos amplios, limando asperezas filosóficas y existenciales sobre la muerte, el ascenso de las máquinas y el tiempo finito para trabajar sobre otras emociones, ideas y mensajes más fácilmente digeribles bajo su estética de anime pop.     

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