Los autorretratos literarios marcan el verano en la editorial Candaya
José Antonio Garriga Vela y Sergio Chejfec proponen en 'El anorak de Picasso' y 'Baroni: un viaje' dos exploraciones de su personalidad a través de recuerdos, libros y reflexiones sobre el arte y la escritura
José Antonio Garriga Vela leyó en aquel libro una precisa descripción de la casa donde transcurrieron sus años de infancia. El patio lleno de claraboyas, el salón que parecía una pecera, el pasillo que llevaba a su dormitorio, el taller donde las empleadas de su padre cosían en las Singer mientras pensaban en otra cosa. Todos los rincones de ese piso del Ensanche de Barcelona que tan importante fue para su novela Muntaner 38, estaban ya retratados en una obra titulada Tres artistas, donde Josep Pla dejó constancia de las actividades del Cau Ferrat, un movimiento abanderado por el pintor modernista Santiago Rusiñol y que tuvo su sede entre esas mismas paredes.
Fue Enrique Vila-Matas quien puso al escritor afincado en Málaga en la pista de ese libro de Pla y de esa coincidencia, que le ayudó, muchos años después, a comprender por qué un día Picasso se presentó en su casa para hacerle a su padre un encargo que pagó por adelantado y no recibió hasta un cuarto de siglo después. Ésa fue su excusa para poder entrar a curiosear en ese sitio por el que pasaron algunos de los pintores, músicos y poetas más importantes de finales del XIX y principios del XX. "Dios hizo el mundo en siete días y usted ha necesitado 25 años para hacerme este abrigo", le dijo el pintor al sastre Garriga, que aprovechó un viaje con su familia por el sur de Francia, cerca de Aix-en-Provence, para cumplir su parte del trato. "Pero mire usted el mundo, y mire este anorak", fue la respuesta del padre del escritor, que inspiró, según sostiene éste, un relato de Samuel Beckett, El mundo y el pantalón.
Esta historia la cuenta Garriga Vela en El anorak de Picasso, un volumen difícil de clasificar y publicado por Candaya, una de las editoriales más estimulantes y arriesgadas aparecidas en los últimos tiempos. En el libro se incluyen otros relatos de corte autobiográfico, en los que late una concepción de la literatura como "miniaturización del mundo", y donde el lector encontrará "ficcionalizaciones involuntarias" y la impresión de que la realidad "se desarrolla según un guión invisible o incluso inexistente", según el argentino Sergio Chejfec, autor de Baroni: un viaje, publicado por el mismo sello, y encargado de presentar en Sevilla esta suerte de "maqueta de la literatura" del autor de Pacífico, Los que no están o El vendedor de rosas.
Y es que El anorak de Picasso ofrece "un acceso múltiple a los procesos de composición de una novela y a los cruces entre la literatura y la vida", y por ello es una especie de biografía fabulada de Garriga Vela, su libro "más íntimo y personal" como él mismo admite, pues expone en sus páginas, con un arrullador tono de intimidad con el lector, como si todo lo contara susurrando al oído, la cocina literaria y los resortes sentimentales de un autor que calladamente, sin hacer mucho ruido, tan sólo escribiendo y publicando sus historias, se ha convertido en los últimos años en uno de los nombres más admirados de su generación.
Otra apuesta importante de Candaya para esta temporada es el citado libro de Chejfec. Baroni: un viaje, tocado por la abstracción y sustentado en un obsesivo proceso de indagación, nació de la fascinación del autor por Rafaela Baroni, una creadora venezolana -para unos artista popular, para otros artesana- con una biografía ciertamente "dramática", exagerada y casi inverosímil. Vivió en un cementerio, subsistió a duras penas durante años cuidando enfermos y vistiendo muertos, sufrió catalepsia, perdió y recuperó la vista dos veces y tras el último episodio, como gesto de agradecimiento a Dios, talló en madera la figura de una virgen, la Virgen del Espejo, que hoy sus vecinos sacan en procesión.
Baroni lleva años ganándose la vida con sus tallas de madera policromada, casi siempre religiosas (vírgenes, cristos, ángeles). Pero la que inspiró definitivamente a Chejfec, que residió diez años en Venezuela, fue la que esta mujer dedició al santo José Gregorio Hernández, un médico que se debatió en la bisagra de los siglos XIX y XX entre el progreso científico y la religiosidad popular y que de hecho se encuentra actualmente en proceso de canonización.
El libro narra la relación del escritor con Baroni, a quien ha tratado, y la progresiva seducción intelectual que desembocó en la compra de varias de sus tallas. "Es una suerte de relato con leyes laxas. Es un ensayo, pero no académico o erudito, sino literario. Y tiene algo también de crónica y de novela", explica. A Garriga Vela le impresionó su melancolía, "esa enfermedad de la inteligencia", y define el libro como "una reflexión sobre el arte y el artista, sobre el silencio y la vida, y también como un retrato de Rafaela Baroni que contiene asimismo un retrato del propio autor".
"Por sus experiencias, Baroni tiene una personalidad mística, un vínculo muy fuerte con la muerte", dice Chejfec. Todos los Viernes Santos, su "gran pulsión escénica y su histrionismo" la llevan a representar su propia muerte y resurreción, un ritual en el que participan todos sus vecinos, niños incluidos, que dan vueltas por su jardín portando un ataúd donde ella se introduce. Otras veces organiza bodas falsas. "Es una suerte de artista precaria, inocente, un enigma cultural y una especie de vanguardista aunque no se lo proponga", dice el autor argentino, residente ahora en Nueva York, que quiso reflexionar en su obra, a través de esta personalidad irrepetible, sobre "la infancia del arte" y "el mito del artista autoconstituido".
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