Cristian de Moret, al desnudo
El músico onubense acaba de lanzar su último trabajo discográfico, 'Apache Bereber', que presentó el sábado en la peña Torres Macarena con la austeridad y exigencia de un recital clásico.
El vigor de la Peña Torres Macarena es un ejemplo de que se puede y se debe combatir la desertización humana y cultural del centro de la ciudad. De momento, los enormes y hermosísimos portones de madera de esa bendita casa no lucen el acné indeseable de los buzones donde los apartamentos turísticos depositan la llave; por el contrario, al cruzar ese umbral, nos internamos en un universo apasionante y esperanzador, lleno de vida e historia. ¡Qué pocos lugares quedan así!
En los últimos años, una saludable mezcla de aficionados veteranos y jóvenes está confeccionando una exquisita programación, en cuyos carteles lucen juntos los nombres de nuestros artistas internacionales (en los últimos meses han pasado por allí Arcángel, La Moneta o Enrique el Extremeño), y los de los jóvenes que inician su andadura en lo jondo. Si quieren saber antes que nadie quién va a ser la nueva estrella flamenca, pasen por la calle Torrijano.
En la noche del sábado, la peña acogía la presentación en directo del tercer disco del multiinstrumentista y cantaor onubense Cristian de Moret, Apache Bereber, publicado hacía apenas veinticuatro horas. Un trabajo en el que amplía su personal visión del flamenco, donde su guitarra eléctrica sirve de catalizador para revestir a las melodías y letras tradicionales con un universo sonoro en el que se entrecruzan el blues, el funk o el soul; aportándole al cante nuevas y hermosas texturas. Aunque es un fórmula muy empleada (con referentes totémicos como el Omega de Enrique Morente con Lagartija Nick, la banda jerezana Mixtolobo junto a El Torta, o la reciente colaboración entre Frente Abierto e Israel Fernández, Lela Soto y Sebastián Cruz), en el caso de Moret, el experimento gana en interés y belleza cuando el cantaor se aventura mínimamente a desligarse de las líneas melódicas clásicas, dejándose llevar por los sugerentes arreglos, con los que el onubense apenas esboza nuevos caminos, sugerentes, tímidos la mayor de las veces, pero suficientes para aportar una frescura muy necesaria en el terreno del cante.
Sin embargo, en Torres Macarena se presentó en formato tradicional, desprovisto de la armazón eléctrica que da sentido a su trabajo, para cantar con el único acompañamiento del guitarrista Juan Campos. Habrá que esperar a escuchar este trabajo con la banda que le es propia, pues lo que vimos anoche es un recital en el que afloraron las limitaciones de Moret, desnudo ante la inmensidad del cante, al que sin embargo no volvió la cara en ningún momento. Al contrario, redobló esfuerzos y se zambulló en la malagueña, la soleá, las alegrías o la taranta con hechuras de lo más clásicas, mirando siempre a los maestros (Chacón, Pastora Pavón, Vallejo) bajo el prisma morentiano, que se evidenció en la seguiriya Gloria a Enrique Morente. Mención especial merecen las dos tandas de fandangos de Huelva que nos regaló, donde sí le vimos amarrar el cante, para ofrecer con esa voz frágil y raspada una buena muestra de la amplitud y riqueza del cante choquero, más con las tripas y el corazón que con la cabeza.
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