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Alta costura | Crítica

La modista y la modistilla

Nathalie Baye y Lyna Khoudri en una imagen del filme.

Nathalie Baye y Lyna Khoudri en una imagen del filme.

El cine francés insiste en ese género propio de indudable vocación didáctica y aseadas formas para públicos de VOSE empeñado en aleccionar al espectador con historias sobre los grandes valores integradores de la nación en tiempos de crisis del modelo multicultural.

Alta costura se abre en montaje paralelo entre las rutinas de una veterana modista de la casa Dior y las pillerías callejeras de una joven de origen árabe y barrio periférico. Inevitablemente condenadas a encontrarse, nuestras protagonistas entablan pronto la clásica relación de ida y vuelta entre maestra y discípula en las clases de la vida y el propósito de reorientación y mejora por la vía del corte, las telas buenas y el patrón, todo ello convenientemente arropado por un guion acolchado que redobla y espejea sus relaciones y traumas como madre e hija en sus respectivas familias al tiempo en que humaniza a todas sus criaturas, ya se muevan en el estricto y exigente mundo de la moda más exquisita o en un extrarradio popular donde la diversidad y la bohemia son marca de fábrica. 

Teledirigida así en sus momentos de tensión y distensión, sustos incluidos, confiada en las prestaciones de Nathalie Baye y la joven Lyna Khoudri, Alta costura apenas depara sorpresas y esquiva matices en su voluntad de arribar a puerto con su maleta cargada de buenos propósitos y mensajes conciliadores, siempre dentro de ese idealismo tricolor convencido de que no hay tanto personajes o clases opuestas como gentes complementarias.