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La cumbre de los dioses | Estreno en Netflix

Porque está ahí

Una imagen del filme de animación de Patrick Imbert.

Una imagen del filme de animación de Patrick Imbert.

Basada en la novela gráfica manga de Jiro Taniguchi y Baku Yumemakura, La cumbre de los dioses despliega su mística alpina animada a partir de la memoria del legendario George Leigh Mallory y la incógnita sobre su llegada a la cumbre del Everest como hazaña de referencia para una nueva aventura a propósito la esencia espiritual de la escalada.

El lector tal vez conozca la historia: en 1924, 29 años antes de que en 1953 se certificara oficialmente la primera conquista por parte de Hillary y Norgay, los británicos Mallory e Irvine acometieron la subida por la cara noreste hasta una altura superior a 8.000 metros, pero entonces se perdió su pista y nada más se supo de su posible coronación hasta que, en 1999, un cuerpo congelado que podía ser el del primero fue descubierto en la ladera sin que pudiera confirmarse si iba en ascenso o en descenso.

Sobre esa fascinante aventura y su gran misterio fundacional del alpinismo moderno se articula esta historia también protagonizada por dos japoneses en su denodado y obsesivo empeño por subir la montaña más alta del planeta y registrar la hazaña con una cámara, un hermoso filme que desdobla el eco de aquel primer intento en este otro marcado por ese impulso de querer llegar a la cumbre del mundo como una batalla íntima contra uno mismo y sus fantasmas.

En la nueva aventura de Habu Joji y Fukamachi, la animación depurada, bidimensional, pausada y elegante de Patrick Imbert juega un papel esencial para fraguar y materializar esa filosofía tan sólo al alcance de los verdaderos escaladores, en la soledad ante la inmensidad de nieve, piedra, hielo y ventisca del paisaje, en la batalla física contra los elementos y el peligro, en el recuerdo traumático del pasado, en el acecho constante de la muerte, finalmente en la solidaridad y la camaradería que terminan venciendo ese fuerte impulso individualista cuya respuesta sigue siendo la misma cien años después: subir y coronar “porque está ahí”.