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Rodeo | Crítica

Pulsiones en el asfalto

Julie Ledru en una imagen del filme de Lola Quivoron.

Julie Ledru en una imagen del filme de Lola Quivoron.

Supongo que hay al menos dos maneras de acercarse o leer este filme de debut con el que Lola Quivoron ganó premio en Un certain regard de Cannes 2022 y ha hecho un largo recorrido festivalero (también Sevilla, con premio para su actriz) en la temporada pasada.

Una asume las formas nerviosas y convulsas de ese conocido realismo de banlieue marginal del que nuestra protagonista, una joven de origen antillano y opaca fisicidad, intenta escapar a través de las carreras clandestinas y las acrobacias de motos en busca de algún grupo en el que integrarse como parte de su periplo de (auto)descubrimiento. La otra nos deja ver las pulsiones enfrentadas de redención y muerte que, ancladas en las raíces culturales, empujan a nuestra protagonista a un no menos personal recorrido emancipatorio que pasa primero por liberar a la mujer e hija de su jefe de andadas criminales o a dar ese gran golpe soñado en el que realizarse en un mundo de hombres duros.

Rodeo se mueve así con irregularidad en estas dos direcciones, siempre con el acelerador pisado, sin duda fascinada por la poética urbana del motor, la velocidad y el olor a queroseno, pero también muy cerca de ese enigma femenino que una extraordinaria Julie Ledru encarna con toda la determinación, la rabia y la tozudez imaginables. Siempre a su lado, la película se sostiene sobre sus acciones, contradicciones e impulsos, sobre su presente continuo y ese constante acecho de la parca en un fantasmal sidecar imaginario.