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El escuadrón suicida | Crítica

En su género, de lo mejor

Margot Robbie e Idris Elba lideran el nuevo 'Escuadrón suicida'.

Margot Robbie e Idris Elba lideran el nuevo 'Escuadrón suicida'. / WB / DC

James Gunn prosigue su carrera de versiones gamberras de la plaga de los superhéroes, unas veces más logradas (las dos entregas de Guardianes de la Galaxia, sus mejores películas) y otras menos o incluso nada (Shliter: la plaga, Super). Dado que las dos últimas son sus primeras películas hay que suponer que su carrera ha seguido un camino ascendente que ha ido sacando punta a su habilidad para poner en solfa la moda de los superhéroes sin abandonar este universo, fundiéndolo con la comedia gamberra americana (no debe ser casual que participara en la colectiva Movie 43 junto a Peter Farrelly o Griffin Dunne).

En esta ocasión rueda la continuación de la primera entrega de esta serie de DC Comics que dirigió en 2016 David Ayer con buena fortuna comercial pero pésimo resultado creativo, y funde los universos de los tebeos y de la comedia gamberra con la parodia de las películas de escuadrones de delincuentes obligados a afrontar una misión suicida para huir de sus condenas, que de eso tratan las dos entregas de las aventuras de este escuadrón, cuyo modelo definitivo fue 12 del patíbulo de Aldrich.

Los súper villanos encerrados en la más infecta de las prisiones infectas han de enfrentarse esta vez a los horrores de una isla en la que se desarrollan experimentos atroces naturalmente encaminados a dominar el mundo (¿las largas sombras de los doctores Moreau de Wells y No de Fleming?).

La sustitución de Ayer por Gunn ha sido un acierto. Le da a la película el tono cómico, majareta, desfasado, macarra, un punto gore y otro casi infantil en su desbocada presentación de situaciones y criaturas más que inverosímiles, que estas cosas requieren. Sin cortarse por incluir subtextos de cierto tono reivindicativo. El resultado es tan entretenido como divertido y en ocasiones visualmente atractivo en la presentación de nuevas criaturas monstruosas. Un juguete es un juguete y un disparate es un disparate. Gunn lo ha comprendido y ha pulsado ambos resortes –el juego y el disparate– al máximo.    

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