El pan y la sal | crítica de teatro

Más buenas intenciones

Silueta de Andrés Lima sobre las fotos de los desaparecidos, fondo del juicio de ‘El pan y la sal’. Silueta de Andrés Lima sobre las fotos de los desaparecidos, fondo del juicio de ‘El pan y la sal’.

Silueta de Andrés Lima sobre las fotos de los desaparecidos, fondo del juicio de ‘El pan y la sal’.

Una herida no cerrada –la que padres y abuelos legaron a la fuerza a su descendencia desde el absoluto silencio de su asesinato sin trazos durante la Guerra Civil y el franquismo– se encabalga en El pan y la sal con otra que sí lo hizo, la absolución del juez  Garzón en el juicio por prevaricación al dar cauce legal a la petición de las víctimas de investigar estos crímenes, y ambas, de la mano, se asfixian entre aplausos sin hallar una salida representativa mínimamente sugerente. El problema, un clásico nacional: equiparar la nuestra, y con justicia, a las otras dictaduras que puntuaron trágicamente el XX, pero no prestar demasiada atención a lo que alemanes, italianos, franceses (con Pétain) o portugueses han hecho con su cine y su teatro en la hora de la catarsis y la asunción de culpas.

Más que una “lectura dramatizada”, El pan y la sal, que cuenta con una puesta en escena y juega con su carácter poroso y lábil, responde como una algo inexplicable obra de urgencia ante unos hechos resonantes sobre los que se podría haber tendido una red de implicaciones dramáticas algo más potente. Que los actores anden leyendo a medias el guión extraído del –así son la inmensa mayoría de ellos– soporífero juicio contra el juez Garzón (aquí un simpático y algo despistado Mario Gas) como prueba documental y no como trampolín a virtuales debates que el teatro podría enaltecer –¿es histórica la noción de genocidio?–, acaba transmitiendo una estrechez de ideas que el buen corazón no resulta suficiente para trascender.

Si se trataba de testimoniar y ponerle palabras al desgarrador dolor de las víctimas del franquismo, bastó la coda que justo después de la obra, y aún en caliente, protagonizó una de las verdaderas testificantes en aquel juicio, quien habló alto y claro sobre el largo camino que aún queda por recorrer para que las asociaciones de víctimas dejen de tener sentido y pueda pasarse finalmente página. El elenco de actores, entre los de esta ocasión brilló un José Sacristán muy por encima del resto, aplaudió entonces desde el fondo de la escena, empequeñecidos después de andar tanto entre folios.