Emily Brontë tuneada
Cumbres Borrascosas | CRÍTICA
La ficha
'Cumbres Borrascosas'. Drama romántico. Estados Unidos. 2026. 136 min. Dirección y guion: Emerald Fennell. Música: Charli XCX. Fotografía: Linus Sandgren. Intérpretes: Margot Robbie, Jacob Elordi, Hong Chau, Alison Oliver, Shazad Latif, Martin Clunes, Ewan Mitchell, Owen Cooper.
Entre una telenovela turca, un culebrón latino, una novela rosa-erótica con escocés macizo de Maya Banks o una indigestión de Peter Greenaway, Yorgos Lánthimos y otros “aggiornadores” de temas históricos o literarios, la actriz, guionista, productora y directora Emerald Fenell (Una joven prometedora, Saltburn) ha reunido a Barbie y a Frankenstein o, lo que es lo mismo, a Margot Robbie y Jacob Elordi (que ya trabajó con ella en Saltburn), dos de los más poderosos y taquilleros sex-symbols actuales, en esta reinterpretación de la obra maestra de Emily Brontë escrita y dirigida por ella.
Es su lectura personal, se supone que moderna y rompedora, de la novela intentando desatar toda la furia erótica de lo que hoy se llamaría una relación tóxica. Lo primero lo logra, para desgracia de la novela. Lo demás, no. Salvo que se tenga un concepto muy superficial de lo moderno, una idea hortera de la actualización y un concepto más bien elemental de la pasión y el erotismo.
Desde la primera de 1920 hasta esta son muchas, más de medio centenar, y de ellas una docena en lo que llevamos de siglo XXI, las adaptaciones al cine y la televisión de Cumbres borrascosas. Las mejores son la de William Wyler, interpretada en 1939 por Merle Oberon y Laurence Olivier, y la muy personal que rodó Luis Buñuel en 1958 con el título de Abismos de pasión. Interesado durante décadas por esta novela, que veía como un punto de partida ideal para desarrollar el tema del amor loco destructivo, exasperado, devorador (recuérdese los símbolos de la mantis religiosa y la vagina dentada) tan caro a André Breton y los surrealistas, Buñuel escribió tempranamente el guión que finalmente, con leves adaptaciones, logró rodar adaptándolo a México.
Este es el camino que Emerald Fenell ha pretendido tomar, exprimiendo de la novela todo su potencial de pasión devastadora y exasperada. Pero su película es puro plástico videoclipero (uso de las canciones de Charli XCX) tan caro como hortera, con mucho cuerpazo y sexo, pero poco erotismo (las metáforas gastro-sexuales son penosas), un diseño de producción de Suzie Davis (Mr. Turner, Cónclave) y un vestuario de su habitual colaboradora Jacqueline Durran (La bella y la bestia, Barbie) que incurren más en la forzada extravagancia de un barroco-pop de pega con un cierto tufo de princesas Disney que en la originalidad visual que se pretende crear.
La extravagancia caprichosa, la modernidad impostada y la trasgresión comercialmente calculada son la marca de esta película que busca gustar epatando o epatar gustando mientras explota a conciencia los rostros y los cuerpos de una entregada Robbie y un menos convincente (como actor) Elordi, más Can Yaman o William Levy que Heathcliff. Ninguno logra hacer creer que son sus personajes. El resultado es un hueco ejercicio de interpretación a brochazos de un texto extraordinario al que se le extirpan sus muchas posibilidades de lecturas más oscuras, arrebatadas, salvajes y críticas.
Como toda traducción es también interpretación, además de las versiones de Wyler y Buñuel, recomiendo a quien no la haya leído la extraordinaria traducción de Carmen Martín Gaite (Alba Editorial) que hace sentir lo que Virginia Woolf escribió sobre Cumbres borrascosas: “Con un par de pinceladas Emily Brontë podía conseguir retratar el espíritu de una cara de modo que no precisara cuerpo; al hablar del páramo conseguía hacer que el viento soplara y el trueno rugiera”. En esta película hay cuerpos, casi es lo único que hay, pero no caracteres. Y no se oye, por mucho ruido que los efectos y la banda sonora metan, oír ni el viento ni el trueno. El problema no es la libertad con la que un texto se reinterprete, sino que se tunee reduciéndolo a telenovela.
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