Estambul o el paseante sentimental

Fernando Vara de Rey, director del Instituto Cervantes de la ciudad turca, ejerce de cicerone en un libro lleno de lirismo, erudición y humor, recomendable para visitantes profanos y viajeros curtidos.

Una vista de Estambul, una ciudad cargada de historia que atrapa a quien la visita.
Una vista de Estambul, una ciudad cargada de historia que atrapa a quien la visita. / D. S.

La ficha

Estambul sentimental. Fernando Vara de Rey. Confluencias. 158 págs. 16,90 euros

Resulta asombroso pensar que no hace mucho Estambul, en el siglo XIX, era una urbe no demasiado poblada ni agresiva, donde el campo todavía mostraba sus verdecientes cotos en el interior de sus murallas. Los espacios dormidos y cabrerizos eran habituales a un lado y a otro del Cuerno de Oro y de la bocana del Bósforo. Hoy por hoy Estambul es un ectoplasma urbano (casi 16 millones de habitantes). Ha recrecido hasta el delirio hacia el oeste europeo y, sobre todo, hacia el este, ya en Anatolia, donde la vastedad de sus distritos y rascacielos alcanzan casi hasta las lindes del lejano aeropuerto asiático de Sabiha Gökçen. Y, sin embargo, la ciudad melancólica y esquizofrénica a la vez aún atrapa a quien la visita y se deja llevar por sus efluvios, su milenaria historia y su belleza no maleada del todo por la piqueta del hombre.

Quien esto escribe ha leído sus muchos libros –quizá demasiados– sobre esta ciudad de ciudades (más que una ventaja llega a ser una losa). Estambul sentimental, escrito por Fernando Vara de Rey (actual director del Instituto Cervantes en Estambul y promotor también del legado sefardí), es uno de esos libros menores –y entiéndase bien el término menor– que uno recomendaría a visitantes profanos y también a los peregrinos y recalcitrantes curtidos ya en los vericuetos de la ciudad. En pocas páginas, con lirismo, erudición bien traída, tono desprendido y a ratos humorado, se nos ofrece aquí lo que el autor llama como un aliño de diario, cuadro de costumbres y libro viajero. Un acierto.

Estambul, donde el buen ojo del tracio Byzas, procede del término griego Es tein poli (“En la ciudad”). Los puristas y prejuiciosos siguen llamándola Constantinopla, en recuerdo vitalicio de Bizancio, la Roma del Oriente perdida tras la conquista otomana por parte del gran sultán Mehmet Fatih. Tiene razón el autor al hablar de Estambul como síntesis de contradicción permanente. Estambul es el rebumbio y la gritería; pero es también como una quietud sobrevenida y que a veces, al resguardo en el patio de una mezquita, por las cuestas de un barrio silencioso o en compañía de los célebres gatos de la ciudad, nos regala su emulsión como en pocos lugares del mundo tan contradictorios y disparejos. Quien toma su pulso apreciará su agitación y su calma, su religiosidad y su laicidad manifiesta, su serenidad y su vibración insomne, su aura embalsamada y su enloquecedora multiplicación, su sabiduría secular y su ceguera autocomplaciente.

Haciendo la vez de cicerone, Vara de Rey nos lleva por itinerarios y barrios a un lado y a otro del Cuerno de Oro y de los tres puentes que cruzan el Bósforo entre Europa y Asia (un modernísimo metro subterráneo atraviesa también las removidas aguas del estrecho). No se entiende el paisaje estambulí sin su paisanaje, aunque de los milenarios ancestros apenas si queda hoy no más que el censo del recuerdo que a duras penas sobrevive entre el lamento y el olvido (armenios, judíos sefardíes, griegos).

Esto podría ser Estambul sólo para empezar. Pasear por los resabios del tiempo ido en los barrios de Balat y Fener. Recalar en las Islas Príncipe en el Mar de Mármara (aquel exilio de Trotsky, el lugar donde fue a morir la emperatriz Irene, la isla de Sivriada asociada al legendario aullido de los perros que allí fueron abandonados). Viajar en barco urbano de Besiktas, Karaköy y Eminönü a Üsküdar y la vibrante Kadiköy (la antigua Calzedonia). Seguir la pista de los restos bizantinos en iglesias y monasterios devaluados o reconstruidos. Saborear de parada en parada los brebajes locales (salep, boza). Probar los encantos culinarios allí donde el hambre del descubrimiento y la curiosidad nos lleven. Ir tras los restos perdidos de la cultura judía en Estambul. Admirar desde el Bósforo las fachadas de los palacios neoclásicos que abrevan en sus aguas. Apreciar el mes del Ramadán y admirar las fastuosas mezquitas iluminadas al caer la noche. Sentir el arrobo de Dios vía Mahoma o Jesús Pantocrátor bajo la majestuosa Santa Sofía (hoy reconvertida al culto islámico otra vez). Recorrer las murallas de Teodosio y recrear lo que fuera la Bizancio de la noche de los tiempos desde el Cuerno de Oro al Mármara y desde Yediküle hasta el promontorio del palacio de Topkapi. Observar las fachadas caedizas o remozadas de las muchas casas de madera que evocan los pavorosos incendios sufridos en la ciudad.

Sí, podría resultar abrumador para un novato. Incluso para un andarín avezado. Pero Estambul no se entendería si no es desde su desbordante atracción. Cada cual guarda su rincón favorito y lo preserva en la intimidad a salvo de fisgones, como si ello fuera posible en la ciudad asediada por el gran turismo. Pero aún quedan recodos, espacios no del todo profanados, donde uno, como ha hecho Fernando Vara de Rey, halla su epifanía o su stendhalazo particular. Estambul sentimental ayuda a ese gozo casi perdido hoy.

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