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Ana Iris Simón | Periodista y escritora

"La familia es el único patrimonio que merece la pena"

  • La manchega tuvo un fulgurante estreno editorial con 'Feria', un libro que despertó el interés no sólo por la España de provincias sino que metió el dedo en la llaga en la polarizada política

Ana Iris Simón (Campo de Criptana, Ciudad Real, 1991)

Ana Iris Simón (Campo de Criptana, Ciudad Real, 1991) / Guillermo García

Más manchega que un queso y con la naturalidad de una chica de pueblo, aunque no se considere rural, Ana Iris Simón (Campo de Criptana, Ciudad Real, 1991) se encumbró con su ópera prima literaria, Feria (Círculo de Tiza), un alegato sobre la vida fuera de la gran ciudad en una familia mitad campesina, por parte de padre, mitad vendedora ambulante, con hondas pinceladas sobre política –hondas raíces comunistas–, feminismo –tuvo algunas críticas furibundas de activistas–, religión, oscuro porvenir de la juventud... Zarandeó conciencias con un discurso en La Moncloa tras el que fue ensalzada por la derecha y criticada por la izquierda; y ella, tan pancha, porque tiene claros sus principios, muy alejados del liberalismo, y no consiente que conceptos universales como la familia los patrimonialice la derecha. Acaba de ser madre y está encantada. Criar al niño será otra feria para ella.

–Reconozca que con ese nombre ya tenía mucho ganado, suena a escritora de postín o a... estrella de telenovela venezolana.

–Los padres de los 90 tenían tendencia a que todos pareciéramos una cosa, la otra, o incluso ambas, como yo, que me llamo así por la hija de Ginés el del baby, uno de la feria. Me hace mucha gracia, porque han generado el efecto contrario: los hijos de mi generación parecen sacados de Amar en tiempos revueltos: Mencía, Jimena, Manuela, Marcos, Lucas, Martín… Lo que demuestra que la realidad es siempre pendular.

–Señora Simón, ¿cuántas veces ha desmentido en el último año ser pariente de Fernando el despeinado?

–¡Ningunaaa! Pero una de las búsquedas más habituales en Google sobre mí es "Ana Iris Simón padre", así que quizá tiene algo que ver. Mi padre tiene los ojos más bonitos que Fernando Simón, aunque igualmente azules. Y menos canas.

–Después de Antonio López, Pedro Almodóvar; tras Almodóvar, Andrés Iniesta... Retirado Iniesta, ¿encarna usted a la nueva generación de manchegos universales?

–¡Eso son palabras mayores! Pero Page me envió una carta felicitándome por Feria y me hizo mucha ilusión. Estoy muy contenta con la acogida que ha tenido en mi pueblo, Criptana, el libro, y con todo el cariño que le están dando allí. Eso que dicen de que nadie es profeta en su tierra en La Mancha no debe operar.

–¿No le dio pudor contar la vida de su familia tan a tumba abierta, tan de verdad?

–Era una de mis preocupaciones. Pero tanto mi padre como mi hermano me decían, cuando se la expresaba, que cuando uno escribe desde el amor no tiene que tener miedo. Hay dos maneras de concebir la realidad en general y la familia en particular: una es desde el rencor y otra desde el amor. Yo escogí la segunda, así que hice caso a mi padre y a mi hermano y se me quitó el miedo.

"Sin darme mucha cuenta, escribí un libro sobre Dios, mi relación con la religión y los rituales que lleva consigo"

–Su libro es un alegato a las raíces y tradiciones de los pueblos. ¡Recuperemos la bota de vino ya!

–Le confesaré –y esto sí que es antitradicional siendo española– que desde hace dos años soy abstemia. Así que me es más útil el botijo. Uno de mis últimos recuerdos de mi abuela es oírla reírse de mi abuelo por haberle buscado un palo del campo a modo de tapón para el pitorro. Ese seguir riéndose y bromeando con el otro que tenían me parecía una de las grandes pruebas de que el amor sí que es –sí que puede ser– para toda la vida.

–El Quijote, que usted reivindica en su libro, no daría abasto en el siglo XXI con tantos molinos con los que combatir y lo mismo pediría la baja por estrés...

–Supongo que don Alonso jamás pediría una baja, a pesar del estrés. Y sí, tendría "corte", como dicen en mi pueblo: no son buenos tiempos para aquellos que piensan que hay realidades intangibles, que a veces las cosas no son tal como se nos revelan a primera vista... y que nunca fueron molinos. Seguro que le llamarían, además, muchas cosas que acaban en -ista.

–Si fuera andaluza, después de Feria igual le pedían que escribiera Semana Santa. ¿Se atrevería con el tema?

–Claro que sí. Cuando acabé Feria tenía la sensación de haber escrito, sin haberme dado mucha cuenta, un libro sobre Dios, sobre mi relación con la religión y con la espiritualidad, además de con los rituales que lleva consigo. No es algo que me hayan preguntado mucho, ni que se haya señalado mucho sobre el libro, pero así es, lo cual demuestra que hace mucho que dejó de ser mío y pasó a ser de los lectores, que se quedan cada cual con algo distinto: unos, con el contenido político, otros con los recuerdos familiares y el costumbrismo... Y supongo que eso con lo que se quedan dice más de ellos que de mí. Contaba Cortázar que cuando uno subraya un libro el subrayado es, al fin y al cabo, él mismo.

–De todas las barbaridades que le habrán dicho tras su famoso discurso, ¿con cuál se haría una camiseta?

–Me haría una con el mensaje de Whatsapp que me llegó unos días después diciendo que mi discurso había sido una maniobra de Yolanda Díaz y los sindicatos para dar un golpe en Podemos. O con el párrafo de una joven escritora que hablaba de que invitarme a La Moncloa había sido una maniobra de distracción por parte del PSOE ante la crisis de Marruecos, o con el tuit que señalaba que todo era obra y gracia de ni más ni menos que don Iván Redondo. Fueron días de mucho trajín, pero me reí mucho también.

"De mi discurso han llegado a decir era todo obra de Iván Redondo... Viví días de trajín, pero me reí mucho también"

–El líder de Vox se dejó ver en el Congreso con su libro encima. ¿Quién no ha entendido del todo bien su obra, él o yo?

–No sé qué han entendido de mi obra ni usted ni él. Pero creo que, más allá de la polarización que mediática y políticamente sembremos, en el fondo hay muchas cosas en las que todos estamos de acuerdo: el amor por la familia, por las sanas costumbres y tradiciones y por la tierra es uno de ellos. Por Feria me han felicitado diputados de todo el arco parlamentario, de Vox a Podemos pasando por el PSOE, el PP y el Partido Comunista. Y sospecho que todos ellos lo han entendido bien.

–Tardó 20 años en contar que sus abuelos eran feriantes. ¿Cuánto va a tardar en decir que es derechas de toda la vida...?

–[Risotada gigante] ¡No creo que caiga esa breva! Yo, como el 15-M decía, sigo creyendo que el bipartidismo –en este caso, de bloques, el eje izquierda/derecha– es empleado habitualmente por el poder para ocultar la verdadera división: el pueblo y las élites. Los de arriba y los de abajo. Hay un ejemplo muy claro: los problemas, la vida y los intereses del albañil de izquierdas, ¿son más parecidos a los de la progresista Ana Patricia Botín o a los del cristalero conservador? Nos siguen meando y nos dicen que llueve, y a veces parece que le hemos cogido el gustillo al orín.

La autora, en otra imagen promocional de 'Feria'. La autora, en otra imagen promocional de 'Feria'.

La autora, en otra imagen promocional de 'Feria'. / Guillermo García

–¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

–No, pero desde luego tampoco lo será cualquier tiempo futuro, máxime si sólo se concibe el pasado a brocha gorda, como una concatenación de sombras a superar. Es inocente pensar que lo que traigamos será a su vez superador y definitivo. En ese sentido, el progresismo es hasta tierno en su inocencia. Piensa que, habiéndole dado mazazos a todo lo anterior, los que vengan halagarán lo que ellos han forjado en lugar de destruirlo.

–¿Hemos desterrado, en general, la aspiración de la prosperidad por estar anclados al más puro hedonismo?

–Hemos desterrado la aspiración a la prosperidad y, sobre todo, a reclamar la distribución de la riqueza porque podemos tener iPhone y Netflix, pan y circo. Daniel Bernabé acuña un término muy certero para esto: "clase media aspiracional". Somos pobres que se creen ricos por poderse echar gintonics con bolitas de cuando en cuando y contarlo en Instagram.

"Con la conciliación, muchas veces tengo la sensación de que las mujeres nos hemos igualado por el lado malo"

–Sólo he podido comprarme dos de los cuatro últimos modelos de iPhone y apenas conozco 18 países de tres continentes, ¿por qué me trata tan mal el capitalismo...?

–Pregunte usted en las colas del hambre si le trata o no mal el capitalismo.

–¿Tiene en mente organizar un cónclave de escritores rurales con exiliados de la gran ciudad como Santiago Lorenzo o Elisa Victoria?

–Yo no sé si podría llamarme a mí misma rural, la verdad: nací en un pueblo de 15.000 habitantes, crecí desde los 2 hasta los 18 años en uno de 1.000 y ahora, como hasta que terminé la universidad y me fui a vivir a Madrid, vivo en Aranjuez, que es una ciudad. En cualquier caso, me encantaría charlar con Santiago Lorenzo y Elisa Victoria, porque aunque en Feria me meta con Blackie Books los he leído y los aprecio a ambos, como a la editorial.

–¿Cómo se ve el mundo desde la atalaya de la maternidad?

–Comprendiendo, de pronto, a tu madre y a todas las madres del mundo. Es como pasar a una pantalla del juego que ni siquiera imaginabas que existía, una en la que la realidad es siempre más leve.

–¿Cuántos churumbeles quiere traer al mundo?

–Me encantaría tener una familia numerosa y hacer como mi abuelo Vicente, que a veces te llama por tres o cuatro nombres antes de atinar porque tiene 18 nietos. Desde chiquitita y sin verbalizarlo me han inculcado que la familia es el único patrimonio que merece la pena.

–Sostiene una amiga que la conciliación familiar fue un embuste de órdago a la grande que le colaron a las mujeres.

–¡Una amiga y yo! Muchas veces la sensación es la de que nos hemos igualado por el lado malo: en lugar de reclamar que ellos trabajaran menos, reclamamos no sólo incorporarnos sino autorrealizarnos a través del trabajo asalariado. Basar nuestra identidad en competir, consumir y producir, y pensar que ése es el sentido de nuestra existencia. Al final, a veces parece que la única opción es cambiar un yugo por otro.

"El hiperconsumo ha llegado a las relaciones humanas, no es casual que nos sintamos más tristes y solos que nunca"

–¿El feminismo anda, a su juicio, atolondrado últimamente?

–No lo sé, la verdad. Lo que sí sé es que su utilización es cada día más sangrante. El otro día, Ione Belarra publicaba en redes una foto que resumía muy bien el estado de la cuestión no del feminismo sino de la política en general: un folio oficial del Consejo de Ministros en el que ella misma había sustituido la -o de todos por la -a de todas. El resto del folio estaba completamente vacío.

–Me dice una compañera que le pregunte por las aplicaciones de ligar. ¿A favor o en contra?

–Supongo que no son muy distintas a salir de fiesta para acabar encamado con alguien sin importarte su nombre. Siempre doy mucho la turra con esto: el liberalismo no es sólo un modelo económico sino también antropológico, y eso es más difícil de señalar y de reconocer. Y la sociedad del hiperconsumo y de los productos de usar y tirar también llegó, claro, a las relaciones humanas. No es casualidad, supongo, que estemos –o nos sintamos– más tristes y solos, más depresivos y ansiosos que nunca.

–Es usted una defensora a ultranza de la familia y resulta que la ficha de colaboradora la SER en vez de la COPE. Han estado lentos los obispos.

–¡Si le oyera mi abuelo, que es el mayor defensor de la familia que conozco, además de ateo militante y comunista de segunda generación! La familia no es patrimonio exclusivo de la derecha, faltaría más, por mucho que parte de la élite cultural, intelectual e incluso política de la izquierda se empeñen en boicotear la causa. Y es una pena, aparte de porque hacen el ridículo con frecuencia porque es la estructura primera en la que se replica la lógica marxista del "a cada cual según sus necesidades, de cada cual según sus capacidades". También lo digo siempre: el progresista comete el error con frecuencia –con la familia y sus modelos se ve mucho– de pensar que porque haya excepciones hay que abolir la norma. En el lado contrario, el conservador comete el error con frecuencia –y también se ve mucho con la familia y sus modelos– de pensar que porque exista la norma no hay que dejar cabida a las excepciones. Y así les luce el pelo a hunos y a hotros.

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