Crítica de Música

La fórmula Savall sigue triunfando

Jordi Savall, estrella del concierto inaugural en el Maestranza. Jordi Savall, estrella del concierto inaugural en el Maestranza.

Jordi Savall, estrella del concierto inaugural en el Maestranza. / Juan Carlos Muñoz

Cuando una fórmula funciona no se cambia. Y a Jordi Savall la suya le viene funcionando desde hace muchos años. Cójase una efeméride, un hecho o un conflicto cualesquiera. Prepárese un guion esquematizado en su torno. Escójanse músicas más o menos alusivas y sugerentes para cada uno de los números del guion. Interprétense estas músicas de forma más o menos continua y teatralizada, con sus cadencias, sus momentos álgidos y sus valles. Et voilà...

Por supuesto, la fórmula dictada no garantiza el éxito. Para llegar hasta él hay detrás muchos años de trabajo, de un prestigio ganado en buena lid, compitiendo siempre con los mejores y al máximo nivel, y hay también una indiscutible capacidad para conectar con la sensibilidad de un público amplio y hallar el sonido seductor y el glamour que este público anda esperando. Todo eso lo ha logrado Savall, y el mérito resulta indiscutible.

Es cuando se entra en el detalle cuando aparecen algunas sombras: por ejemplo, la heterogeneidad puede ser en sí misma un valor, pero cuando se sostiene desde una apuesta por la autenticidad y la pureza, la mezcla de piezas sin apenas conexión entre ellas (el Versa est in luctum de Lobo entre una gallarda de Scheidt y un madrigal de Ruimonte; un motete mariano de Charpentier entre música de la vanguardia napolitana del XVII y unas danzas de Lully...) empieza a parecer un revoltijo incapaz de soportar el discurso de fondo, ni siquiera como contexto sonoro, pues esa heterogeneidad del programa es equivalente a la mezcla de los instrumentos de todo tipo, época y condición y a las decisiones interpretativas.

Savall vino acompañado por un elenco de músicos formidables, pero el sonido no tuvo siempre ni la claridad ni la distinción ni la variedad requeridas. Las piezas religiosas resultaron especialmente espesas y muy poco emotivas, ahogado el Versa est in luctum por el abuso instrumental. Las cinco violas (incluidos Pierlot y Duftschmid en las bajas) permitieron recrear por momentos al mejor Hespèrion, e incluso Savall mostró agilidad en unas lucidas Glosas sobre la Inmaculada. El bajo continuo funcionó toda la noche a la perfección, con un inspiradísimo Xavier Díaz y un Luca Guglielmi mágico en la creación de atmósferas desde el órgano. En la parte vocal, la voz sensual y el encanto fraseador de Lucía Cartón-Martín, una estrella en ciernes del Barroco español, hizo olvidar la poca participación solista del gran Lluís Vilamajó (apenas una estrofa en el Marizápalos) o la casi ausencia de un apagadísimo Furio Zanasi.

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