Cultura

El hacedor de monstruos

  • Gracias a la técnica del stop-motion, la animación de miniaturas fotograma a fotograma, Harryhausen insufló vida a seres imposibles que se incorporaban al filme como las grandes estrellas de la función

El 7 de abril de 1933, RKO estrenó el taquillazo de la temporada, King Kong, una hermosísima película llamada a perdurar, pero también una apuesta segura; tanto es así que, una semana antes de la premiere, la productora ya había dado luz verde a una secuela que se estrenó a finales de año. Entre el público que aplaudió la tragedia del rey Kong se hallaba un chaval de trece años, imaginémosle boquiabierto, los ojos de par en par, que asistió a la proyección como a una revelación: "King Kong me obsesionó durante años, salí del cine transportado a otro mundo -recordaría luego Ray Harryhausen-. Jamás había visto algo así antes en mi vida". En las semanas siguientes, el joven Ray leyó cuanto cayó en sus manos sobre el filme y, en concreto, los extraordinarios efectos especiales de Willis O'Brien. Estaba lejos de imaginar que, apenas quince años más tarde, colaboraría codo con codo con él en El gran gorila (1949), un tardío intento de repetir el anterior éxito.

El gran gorila apenas tuvo repercusión, aunque para Harryhausen fuera como hacer realidad un sueño. Un sueño y unos sueños cinematográficos que, en los años siguientes, pobló de monstruos de todas las hechuras. Gracias a la técnica del stop-motion, la animación de miniaturas fotograma a fotograma, Harryhausen insufló vida a seres imposibles que, a continuación, se incorporaban al filme como las grandes estrellas de la función. A él está dedicado el volumen Ray Harryhausen. El mago del stop-motion, firmado por Carlos Díaz Maroto y editado con gusto exquisito por el sello Calamar, un tributo más que justificado pues, como dice Díaz Maroto en su introducción, Harryhausen debe colocarse en los anales del cine fantástico a la misma altura que, "al mismo nivel -escribe- que Terence Fisher, Boris Karloff, Richard Matheson, Edgar Allan Poe [sic], Jacques Tourneur, Christopher Lee… Hombres de muy distintas especializaciones, pero todos los cuales han sido capaces de otorgar al Séptimo Arte eso mismo: arte". Con la excepción de Poe, que no pudo dedicarse al cine por obvias razones cronológicas, así es.

Carlos Díaz Maroto propone un ameno recorrido por una filmeografía entrañable -le habríamos pedido, eso sí, una prosa menos atrabiliaria y más propiedad de lenguaje: algunas pifias son de cuidado, aunque el espectacular diseño del libro, bien pertrechado de fotografías y carteles, supla con creces tales deficiencias-. Ray Harryhausen se consagró al fantástico, en principio, como encargado de efectos especiales; después, produciendo y escribiendo los títulos que lo harían famoso. Llegó a ser el mejor en su campo en la que para algunos es la Edad de Oro de la ciencia ficción, la década de los 50, gracias a una serie de aportaciones a películas tan modestas como llenas de encanto. De Harryhausen son la criatura prehistórica rediviva a causa de unas pruebas nucleares de El monstruo de los tiempos remotos (1953), el pulpo gigante de It Came from Beneath the Sea (1955), las naves alienígenas de Earth vs. The Flying Saucers (1956) o el espécimen venusiano traído a nuestro planeta y hostigado por los terrícolas que muere encaramado al Coliseo en Twenty Million Miles to Earth (1957), un explícito homenaje a King Kong basado en un argumento propio.

En el momento en que dejó de ser un asalariado para poner en marcha sus proyectos, Harryhausen abandonó el filón de los extraterrestres y las mutaciones radiactivas a favor de una serie de relatos extraídos de tres manantiales abundosos: Las mil y una noches, la mitología griega y los clásicos de la literatura. Esta nueva etapa se inaugura con una sus mejores películas, Simbad y la princesa (1958), una delicia kitsch cuyos exteriores fueron rodados en España: La Alhambra pasó a ser la Bagdad de las noches arábigas, la replica de la Santa María anclada en el puerto de Barcelona se transformó en el navío de Simbad y las costas de Mallorca sirvieron para ambientar la Isla del Coloso. Como era habitual en él, Harryhausen puso toda la carne en el asador: la secuencia en que el héroe lucha contra el esqueleto viviente, de apenas cuatro minutos de duración, le llevó tres meses de rodaje. Harryhausen tuvo a Simbad como protagonista en dos películas más: El viaje fantástico de Simbad (1974) y Simbad y el ojo del tigre (1977); lamentablemente no llegó a puerto un ulterior relato que mandaba al intrépido marinero… ¡al planeta Marte!

Harryhausen y sus monstruos pasaron a ser el reclamo de la cartelera. Si en Simbad y la princesa las estrellas de la pantalla eran el esqueleto espadachín, el cíclope, el dragón y otros hijos espléndidos de la fantasía, en su primera aventura mitológica, Jasón y los argonautas (1963) -para mi gusto, su película más acabada-, se ofreció al público un auténtico festín quimérico: un gigante de bronce, una bandada de arpías que se abalanzan sobre el incauto desde un cielo azul casi oscuro, una hidra de siete cabezas y siete esqueletos nacidos de la sangre de ésta que se batían cuerpo a cuerpo con los intrépidos griegos en una secuencia que exigió cuatro meses y medio de filmeación. La película es un gozoso homenaje a la aventura: Jasón se embarca hacia la Cólquida en busca del Vellocino de Oro con el que espera recuperar el trono de Yolcos, en poder de un tío suyo, Pelias. El filme no nos dice si lo recuperará o no, pero no importa; lo importante es el viaje y los obstáculos que salen al paso del héroe y los suyos. De este venero bebió la que sería su última película, Furia de titanes (1981), que ha sido objeto de un reciente remake tan vistoso como equívoco.

Del tercer manantial citado, los clásicos de la literatura, Harryhausen tomaría la obra magna de Jonathan Swift, una de las novelas más famosas de Julio Verne y una de las menos conocidas de H. G. Wells: Los viajes de Gulliver (1960) conserva buena parte de su encanto, La isla misteriosa (1961) se beneficia de una sugerente atmósfera y de la banda sonora de Bernard Herrmann, y La gran sorpresa (1963), según Los primeros hombres en la luna de Wells, tiene varios momentos magníficos. A lo largo de su dilatada carrera, Harryhausen barajó la posibilidad de adaptar otras obras de H. G. Wells como La guerra de los mundos, La máquina del tiempo, La isla del doctor Moreau o El alimento de los dioses. Estos títulos se han quedado, para los restos, en el limbo de los proyectos no realizados. Los cambios en los gustos del público de los años 80 y la honda transformación de la industria jubilaron anticipadamente a este maestro del cine. Su última película, como se ha dicho, data de 1981.

El legado de Harryhausen, por suerte, ha sido convenientemente reconocido por sus herederos. En La novia cadáver (2005), rodada asimismo según la técnica del stop-motion, Tim Burton decidió que, en cierta escena, el protagonista se sentara a un piano marca «Harryhausen». Un pequeño gesto de reverencia que debió emocionar al homenajeado.

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