Ilusiones | crítica

Trayecto cómodo de media distancia

Los intérpretes de 'Ilusiones' de Miguel del Arco. Los intérpretes de 'Ilusiones' de Miguel del Arco.

Los intérpretes de 'Ilusiones' de Miguel del Arco. / Vanessa Rábade.

Encuentra Del Arco en el ruso Viripaev un auténtico aliado para sus propuestas escénicas y dramatúrgicas: allí donde gobierna una tácita autarquía por mucho que los intérpretes no paren de mirarnos a los ojos y de dirigirse a nosotros como presentadores del espacio meteorológico de un telediario. Su cuarta pared es de metacrilato, y dentro de este acuario los que verdaderamente gozan son los actores, cuya energía espiamos, cuyo juego envidiamos, cuyas metamorfosis admiramos desde una butaca asombrada, pero sobre la que no se lanza un verdadero cordón umbilical.

Ilusiones, para exacerbar esta asumida condición, se encuentra construida en abismo, apareciendo los actores como demiurgos que entre bastidores metafísicos recogen la historia cruzada de dos viejos matrimonios amigos para extraer sus momentos estelares y relatar sus intríngulis de postrimerías cuando la muerte desequilibra los conjuntos y reestablece las virtualidades de cada uno de los individuos que los conformaron. Así, en esta celebración ritual del estilo indirecto, a los intérpretes se les regala la escena, donándoseles hasta la gracia de la narración falsificante, aquí sólo en forma de bromas pronto abortadas, pequeñas tiranías de estos moradores plenipotenciarios.

Este baile entre cuerpos e identidades, entre narradores y representantes, se ejecuta entonces con timidez, pero envidiable naturalidad, pues el actor comparece, sobre todo, como médium; y si a veces presta su presencia a los ausentes de los que habla, nunca lo hace completamente. En esa media distancia se encuentran cómodos tanto Del Arco como Viripaev –también en su cine, por ejemplo, en aquella Euforia–, en una palpitación física y sentimental que aún sufre vértigos morales. Si desde esta orilla miraran por el catalejo, vislumbrarían al otro lado las escenas matrimoniales de Bergman, donde los fantasmas sí que asustan.