Ottava Rima | Crítica Más luces que sombras

Ottava Rima en el Espacio Turina Ottava Rima en el Espacio Turina

Ottava Rima en el Espacio Turina / D. S.

Atrevida incursión de Ottava Rima en un repertorio difícil y muy poco frecuentado en la ciudad. Israel Moreno ha trabajado a conciencia con sus cantantes, un conjunto de una veintena de voces para ofrecer un estupendo Requiem de Campra, obra emblemática del Barroco francés con sus solos y sus tríos vocales en alternancia con los coros a cinco partes. En este caso el acompañamiento es a cuatro, algo más típico de la música italiana, aunque por momentos se suma la flauta (estupenda Fernanda Teixeira toda la noche), lo que enfatiza el color francés de la música, que queda realzado también por la singular majestuosidad que atraviesa toda la partitura.

Es por otro lado una enorme satisfacción que el Espacio Turina presentara una asistencia de público tan nutrida, lo que viene a confirmar que las cosas no pasan por casualidad: el trabajo de una asociación de más de mil miembros como la de los Amigos de la OBS y la dedicación y el buen hacer de Fernando Rodríguez Campomanes y su equipo, con recursos limitadísimos, al frente del teatro de la calle Laraña terminan dando sus frutos, como este ciclo magnífico de tres conciertos y el reconocimiento del aficionado demuestran.

Los resultados artísticos de la sesión fueron notables, se ha dicho ya. Aunque los violines tuvieron algún problema ocasional con la afinación, lo que generó pequeños desencuentros, el conjunto vocal sonó compacto, redondo, afinado, muy bien equilibrado, claro e intenso cuando la ocasión lo requería (el Kyrie o el Agnus Dei II son buen ejemplo de ello), una intensidad y un trabajo en los contrastes de texturas que había mostrado ya en el motete de Kuhnau, especialmente en el coro con el solo de soprano y en su última intervención en la pieza.

A la obra de Campra no le faltan rasgos de teatralidad casi operística, pero Israel Moreno mantuvo el tono litúrgico en todo momento, controlando la efusividad de los solistas, entre los que Jesús García Aréjula destacó por la homogeneidad de todo el registro y la solidez de los graves. Su intervención en el Lux aeterna final resultó especialmente lucida. Jorge Enrique García se mostró como un efectivo fraseador, con muy buen apoyo en los graves y desde luego mucho más cómodo que en la inclemente aria con la que le tocó lidiar al principio de la obra de Kuhnau, con la voz algo fría y destemplada. Además de dirigir, Moreno cantó como tenor (lo que resultó algo extraño) y fue de menos a más en su despliegue vocal, brillando especialmente en un lírico y muy sentido Agnus Dei I, aunque su voz resulta algo nasal y la emisión, trasera, lo que dificulta su proyección. En su breve intervención como solista en el motete de Kuhnau Marta Barragán destacó por el brillo y la penetración de su timbre.

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