Músicas para un mundo que se va

REAL ORQUESTA SINFÓNICA DE SEVILLA | CRÍTICA

Chen Reiss se recrea con las últimas canciones de Richard Strauss
Chen Reiss se recrea con las últimas canciones de Richard Strauss / Marina Casanova

La ficha

****XXXVI Temporada de conciertos. Programa: ‘Cuatro últimas canciones’ TrV296, de R. Strauss; Sinfonía nº 5 en Do sostenido menor, de G. Mahler. Soprano: Chen Reiss. Director: Lucas Macías. Lugar: Teatro de la Maestranza. Fecha: Jueves, 8 de enero. Aforo: Tres cuartos.

Bellísimo programa para dar la bienvenida al 2026, con obras que exploran los límites del romanticismo en unos estertores maravillosos llenos de poesía y emoción.

Hay pocas experiencias musicales capaces de llevarnos al éxtasis de los sentimientos como las cuatro últimas canciones de Richard Strauss, un Strauss ya fuera del mundo que deja su postrer legado de ese tiempo que se fue con la Segunda Guerra Mundial. Chen Reiss las abordó desde la delicadeza y la franqueza de un canto sin artificios ni muletillas expresivas (portamentos, notas de apoyo), sabedora del mediano volumen de su voz (en el inicio de Frühling no se la escuchaba), pero también de su capacidad de matización de cada pasaje y de sostener esas largas frases que se enroscan sobre sí mismas en Beim Sclafengehen. Aquí , en este terreno de la naturalidad y la sinceridad de su fraseo, es donde triunfó merced a su línea de canto lánguida y mórbida, como dejándose llevar por la poesía y la melodía hasta desvanecerse en el final de Im Abendrot.

Si Lucas Macías había en la primera parte contenido al límite de lo posible el sonido de la orquesta para no tapar a la soprano (aunque con muy delicados resultados expresivos y suma atención a todas las pequeñas frases instrumentales y a la genial orfebrería sonora de Strauss), con la quinta de Mahler pudo dar muestra de variedad en el uso de las dinámicas, de la dosificación de las mismas, siempre con unidad y coherencia. Consiguió en este sentido dotar de lógica y de unidad a una sinfonía que, salvo en el Adagietto, se mueve a menudo a base de espasmos y de bruscos cambios de humor. A esa discontinuidad del discurso respondió Macías con un acabado trabajo de transiciones y de unidad expresiva. No se dejó ir, por ejemplo, con el dramatismo del inicio del primer tiempo ni con la aparente tristeza de esa marcha fúnebre que alienta en la pieza. Al contrario, perfiló el movimiento desde el lirismo y una dulce melancolía, suavizando los ataques y modelando con cuidado las acentuaciones. No rehuyó, evidentemente, el dramatismo algo teatral del arranque del segundo tiempo, pero al poco fue compensado con un delicado pasaje central (quizás con demasiada caida de tensión) y un majestuoso y triunfal final. Para el tercero exploró el carácter burlón e irónico de la música mahleriana, reforzando las síncopas y estirando el rubato. El breve pero sumamente expresivo ritenuto de la primera frase del Adagietto fue todo un toque de delicadeza y de control técnico. No cayó en la languidez a la que tanto se presta este momento, ni en una visión trascendente. Fue, en cambio, un remanso lírico, una tierna recreación en la felicidad amorosa. Donde las dotes técnicas de Macias fueron puestas a prueba fue en el complejo quinto movimiento, con sus diversos pasajes fugados que sonaron con absoluta claridad. De su mano la orquesta ascendía y descendía en un continuo oleaje sonoro de un brillo y un empaste como pocas veces le hemos escuchado. Hubo, además, magníficas intervenciones solistas de la trompeta, el violín y la trompa, sin olvidar el sonido cristalino del arpa de Daniela Iolkicheva.

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