A mayor gloria de Su Majestad
LA RITIRATA | CRÍTICA
La ficha
*****Programa: Suite de ‘Le Bourgeois gentilhomme’, de J. B. Lully; ‘Les Arts Florisants’, de M. A. Charpentier. Solistas: Aurora Peña (soprano), Lucia Caihuela (mezzosoprano), Gabriel Díaz (contratenor), Diego Blázquez (tenor) y Víctor Cruz (barítono). La Ritirata. Director: Josetxu Obregón. Lugar: Espacio Turina. Fecha: Viernes, 30 de enero. Aforo: Tres cuartos.
No es de extrañar que los franceses, tan dados a presumir de sí mismos, añoren la Grandeur de los tiempos de Luis XIV. No sólo colocó a Francia como el estado más centralizado (y, por ello, eficaz) de la Europa del XVII y como la potencia continental dominante durante décadas, sino que auspició una explosión de creatividad artística incomensurable. Eso sí, en su propio interés y como instrumento de creación de su propia imagen. Y aquí es donde jugó una papel esencial la música y aquellos espectáculos cortesanos centrados en ensalzar la imagen del Rey Sol, padre de todas artes, traedor de la paz y la felicidad de todos sus súbditos.
Dos de aquellas creaciones fueron el objeto del trabajo de La Ritirata, presentada aquí con sus mejores galas. Obregón, en esta ocasión sólo como director, imprimió una fraseo cien por cien francés desde los primeros compases de la primera obra, acentuando las apoyaturas y las notas con puntillo y sacándole todo el jugo rítmico a las danzas. Irreprochables todos los músicos e inmejorable el empaste y el color. Tamar Lalo y Eva Jornet pusieron el toque partoril de sus flautas de pico en perfecta conjunción. Hiro Kurosaki y Miriam Hontana a los violines comandaron la articulación del grupo, con un continuo muy ensamblado (Daniel Oyarzábal al clave y órgano, Calia Álvarez a la viola da gamba e Ismael Caminero al violone), con las intervenciones siempre apropiadas e imaginativas de las percusiones de David Mayoral.
Los solistas vocales estuvieron al mismo nivel de excelencia. Siempre es un placer escuchar el brillo y el fraseo acentuado de Aurora Peña, así como recrearse en esa atractiva voz de Lucía Caihuela, de timbre oscuro pero emisión clara. Gabriel Díaz y la dulzura de su timbre (y la claridad de su articulación) se apoyaron, como los demás, en la solidez y nitidez de los bajos de Víctor Cruz, auténtico soporte armónico de un quinteto vocal complementado por un muy lírico Diego Blázquez, al que hubiéramos querido escuchar más a solo. La forma en que se fueron pasando los unos a los otros las frases de "Sé que me muero de amor" de Lully fue una propina de auténtico lujo.
De nuevo hay que felicitar al Espacio Turina la proyección de los textos y sus traducciones, algo que deberían imitar sistemática y no puntualmente otros espacios de la ciudad.
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