Una poética de la distorsión
Taller Sonoro | Crítica
La ficha
Taller Sonoro
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XV Festival Encuentros Sonoros. Taller Sonoro: Jesús Sánchez Valladares, flauta; Camilo Irizo, clarinete; Francisco Gaspar Tomás, trompeta; J. Baldomero Llorens, percusión; Ignacio Torner, piano; Ian Scionti, guitarra eléctrica; Marco Serrato, bajo eléctrico; Alejandro Tuñón, violín; Aglaya González, viola; María del Carmen Coronado, violonchelo. Javier Campaña, electrónica; Jaime Tuñón, sonorización. Director: Guillermo Martínez.
Programa:
Fausto Romitelli (1963-2004): Domeniche alla periferia dell’impero I y II [1995-2000] / Professor Bad Trip [1998-2000]
Lugar: Espacio Turina. Fecha: Viernes, 13 de febrero. Aforo: Un tercio de entrada.
En su 25 aniversario volvía Taller Sonoro sobre una obra crucial de su carrera, Professor Bad Trip de Fausto Romitelli, que en dos días de mayo de 2010 el grupo estrenó en España, con sendos conciertos en Granada y Sevilla. Con la plantilla extendida hasta los diez miembros (más la electrónica), lo que obliga a la presencia de un director, el conjunto sevillano pretendía celebrar su reconocida trayectoria regalándose una de las obras más atrayentes que ha pasado por sus atriles. El tríptico, que Romitelli dio por concluido en agosto de 2000, marca una cumbre estética indiscutible en el catálogo del malogrado maestro de Gorizia. Se trata de una música que asume la alucinación sin ilustrarla, nacida del diálogo con la escritura visionaria de Henri Michaux (mescalina mediante) y la violencia figurativa de Francis Bacon.
Romitelli organiza el exceso con cálculo riguroso: repeticiones obsesivas, aceleraciones, torsiones hasta la saturación, ruido blanco y derivas hacia el caos en un ritual hipnótico y deforme. La repetición no es aquí minimalista, sino compulsiva: un bucle que se hipertrofia, se distorsiona y termina por fracturar la percepción lineal del tiempo. El gesto se retuerce; el material, sometido a presión, revela su grano interno. Hay una voluntad de fricción constante, de llevar el sonido a su límite físico, de explorar su rugosidad hasta otorgarle categoría casi de parámetro musical. Esa rugosidad conecta con las músicas populares de finales del siglo XX, pero no en el plano melódico-armónico, sino en la densidad material y en el efecto electroacústico. Más que el rock progresivo, son el punk, el grunge o incluso el hardcore los referentes que laten detrás de una propuesta que se engrandece en el caos. Romitelli desborda así el gueto académico y anticipa la estética de la saturación que sistematizaría Raphaël Cendo en 2011.
Y el hecho no deja de resultar interesante, pues la propuesta de Cendo no era otra cosa que una reacción contra el esteticismo en que había empezado a caer el espectralismo, y Romitelli viene justo de ahí –por sus estudios en París con Dufort y Grisey–, de la estética espectral, tanto como del postserialismo de Donatoni. Todos esos procedimientos analíticos y el control formal de su material los integra Romitelli en un discurso que busca el desbordarmiento. La herencia espectral se percibe en la atención microscópica al timbre y a la transformación gradual del material; el postserialismo, en la articulación rigurosa de procesos. Sin embargo, todo ello se somete a una lógica distinta: la de un ritual en el que cada repetición engendra interferencias y cortocircuitos con las anteriores. El cálculo está al servicio del exceso. Romitelli pareció intuir el camino de Cendo y los saturados una década antes.
En sus notas de programa, César Camarero rememora conversaciones con el compositor italiano y no tiene ningún empacho en definir su búsqueda de la profundidad del sonido como un intento de escribir música holográfica. Esa concepción del sonido en tres dimensiones enlaza también con la noción del sonido como esfera de Giacinto Scelsi, otro heterodoxo de las vanguardias, que escribió igualmente una música pretendidamente mística, ritual, hipnótica. Romitelli parece en cualquier caso radicalizar esa intuición: la esfera se somete a torsión, colapsa y muestra todas sus fisuras.
En contraste, Domeniche alla periferia dell’impero I y II –para flauta, clarinete, violín y violonchelo– comparten la insistencia en la repetición, pero sostenida ahora en un gesto más depurado. Sin electroacústica, la escritura se acerca más claramente al universo espectral: mínimos módulos que se organizan tímbricamente, microvariaciones que expanden la percepción del color. Aquí no hallamos el lado salvaje de Professor Bad Trip, sino una exploración más contenida, casi ascética, del espesor sonoro. La repetición genera un espacio de escucha suspendido, en el que la textura se convierte en principal protagonista.
Taller Sonoro asumió el desafío con una intensidad física palpable, capaz de crear la energía de un ritual que contagió a la sala como hace casi dieciséis años (entonces fue en el Teatro Central): pasa el tiempo y aquí seguimos, interrogándonos sobre la naturaleza del sonido y sobre la capacidad de la música contemporánea para alterar nuestras facultades perceptivas y, aun así, seguir dando sentido a nuestra experiencia como oyentes.
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