Cuchillo sin filo
Francisco Correal
Zapatos en una panadería
Después de un proceso electoral, un candidato electo pidió a un artista una obra, no recuerdo si para el Senado o para el Parlamento europeo. Tendría que ser una donación pues no había prevista partida para sufragar el cuadro, pero sería una contribución seria a las instituciones y también beneficiaría al autor. La propuesta no cuajó. Los artistas tienen la manía de vivir de su trabajo. Baste recordar las cartas de Tiziano a sus clientes Carlos I y Felipe II reclamando el pago de cuadros encargados y ya entregados. Poca gente de a pie pudo disfrutar de las obras reunidas por los reyes de la casa Austria, mientras que hoy los espacios del Estado son virtualmente públicos. Pero entonces como ahora, el arte, al entrar en tal esfera es ante todo un medio de legitimación. Como ciertos discursos se salpican con citas literarias o filosóficas, abundan los responsables políticos que gustan retratarse ante obras de arte, afición que comparten con empresarios o ejecutivos de la industria o las finanzas. El arte, aunque se le dé la espalda (¿cómo fotografiarse si no?), es un buen fondo: ennoblece, prestigia y legitima.
Inmaculada Salinas ha recogido pacientemente muestras de esta instrumentalización del arte, en la que su valor de uso queda desplazado por el del espectáculo, el valor político que hace cuarenta años estudió Guy Debord. Las imágenes reunidas (donde, al ser intercambiable, la identidad del retratado desaparece) alternan con obras suyas muy sencillas: monocromos que recorren toda la gama del color construidos con franjas paralelas. Alguno las considerará simples, pero sus incesantes oleadas de color sugieren con ironía lo que en las fotos se pierde: el valor propio del arte, su capacidad para mover la sensibilidad y estimular la libre imaginación.
Los monocromos de Salinas son casi caligrafías cromáticas: el color se distribuye en bandas onduladas en las que es patente el gesto de la mano de la autora. Éste se advierte también en la obra titulada Espejo aunque con un alcance diferente. La pieza se compone de folios cubiertos por completo con la palabra mujer. La grafía se altera, quizá por el cansancio o porque la autora ha querido escribir también con la mano izquierda. Sea una u otra la razón, esas alteraciones son el correlato físico de una voluntad y una inteligencia empeñadas en sacar a la luz una identidad que no es un papel social porque su voz quiere interpelar a todos. El trazo, suele decirse, rompe el papel y hace surgir en él cuanto tinta y papel ocultaban. El trazo, pues, desgarra, también lo llamamos rasgo. Conocemos el trazo decidido de Inmaculada Salinas: en sus obras abstractas abre surcos en el lienzo mostrando los ritmos de los que es capaz el cuerpo y la materia. Ahora se emplea en otra dirección: ascética intelectualmente y tenaz en lo que toca al afecto y la voluntad.
Espejo, en una esquina de la sala, abre un lugar reservado, de reflexión, y se completa con Visión de las vencidas. Miguel León Portilla ha sacado a la luz la percepción que los indígenas mexicanos tuvieron de los conquistadores. Entre los padecimientos sufridos, los que soportaron las mujeres parecen sólo uno más. Salinas entresaca los textos referidos a las mujeres y los escribe (de nuevo el trazo) pero escribiendo los caracteres de derecha a izquierda, impidiendo así al espectador una lectura automática. Cuanto allí se dice desmiente la actitud de quienes, se dice, abrían con la espada el paso de la cruz. El patriarcalismo fue su impronta, una raíz más honda que los valores pretendidamente cristianos.
Prensadas cierra la muestra. Como en la primera obra citada, la integran un amplio número de fichas en las que aparecen una imagen y unas cifras. La imagen es una figura, fotografía o fotomontaje, tomado de la prensa. El conjunto tiene algo de archivo porque las figuras son muy variadas, en absoluto monocordes, y por ello diseñan las múltiples direcciones en que nuestra cultura hace aparecer a las mujeres. Puede mostrarlas rebelándose, llorando de rabia o intentando que un policía no maltrate a un manifestante, pero también se las hace aparecer desde la percepción de un machismo oculto bajo variadas máscaras. Las cifras remiten al número de fotos de la edición del periódico (del que se ha tomado la imagen), que recogen mujeres en contraposición a las dedicadas sólo a varones y a aquellas en las que aparecen unas y otros. Frente a imágenes más o menos explosivas, como las de las Guerrilla Girls, el archivo de Salinas tiene la huella de meditación y como el resto de la muestra, prefiere estimular el incómodo filo de la reflexión más que hacer oír sones reivindicativos.
Inmaculada Salinas. Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. Isla de la Cartuja. Sevilla. Hasta el 12 de junio.
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