Las troneras del fracaso
Eddie Relámpago Felson embocó el fracaso de un trago, con un lingotazo rápido y seco, a la misma velocidad con que había liquidado el vaso de whisky. Y sonreía, sin embargo, inflado de éxito, carambola va y carambola viene, sin pausa, liberado por el trasiego de J.T.S. Brown, su marca favorita, directo al hígado, igual que una bola y otra y otra más enfilando la tronera, deslizándose por el paño verde hasta las tripas de la mesa. Y sonreía. Paul Newman sonreía. Qué sonrisa de ganador. Y El Gordo de Minnesota, encaramado en su silla igual que un buda, lo aguardaba. Y George C. Scott, una sombra en aquella penumbra, minutaba como un contable el fracaso de Eddie Felson, El buscavidas.
Como si supiera desde el primer instante que -en palabras de Cees Nooteboom- ganar no es nada, que el ganar no deja huella porque es satisfacción, y que perder es vivir, pues ganar es la muerte porque después ya no hay nada, Felson se arroja compulsivamente a las negras troneras del fracaso, sin remisión, y lo hace ganando partidas, esas cuyo triunfo hieden a frustración, mientras se atiborra y se embota con el alcohol.
Esta película de Robert Rossen, rodada en 1961, te hacía amar el billar. Te hacía querer estar en una sala mal iluminada escuchando los tacos, los golpes y la caída de las bolas. No tenías por qué querer ser uno de los jugadores: te bastaba con estar ahí, mirando. Y eso es lo que hacemos cada vez que vemos esta película: nos preparamos para asistir al duelo de Eddie Felson contra el Gordo, pero sobre todo para asistir al duelo de Eddie contra sí mismo.
P.D.: Por lo demás, sólo puedo estarle agradecido a Newman por haber interpretado a mi detective preferido, Lew Archer, aunque fuera con otro nombre, en Harper, investigador privado. Por cierto, otro bendito perdedor.
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