Teatro

Lorca se sube al tobogán de España

  • El director Sergio Peris-Mencheta desgrana las claves de 'Una noche sin luna', el montaje que se representa en el Central y en el que Juan Diego Botto interpreta al poeta granadino

Juan Diego Botto y Sergio Peris-Mencheta, en un ensayo de la obra. Juan Diego Botto y Sergio Peris-Mencheta, en un ensayo de la obra.

Juan Diego Botto y Sergio Peris-Mencheta, en un ensayo de la obra. / Marcosgpunto

Tras la excepcional acogida que tuvo Un trozo invisible de este mundo, refrendada con cuatro Premios Max, el tándem formado por Juan Diego Botto (responsable del texto y la interpretación) y Sergio Peris-Mencheta (dirección) se reencuentra en Una noche sin luna. Si en aquella pieza el propósito era llevar a escena los duros y conmovedores relatos que hay detrás del asunto de la inmigración, ahora la voluntad es servirse de las palabras de Federico García Lorca –y no sólo las que legó en sus obras, sino también las que volcó en entrevistas y ponencias– para contar la peripecia del poeta y reflexionar también sobre esa España inflamable y cainita cuyos ecos se perciben aún hoy. Botto da vida al autor de La casa de Bernarda Alba o El público en esta función que se representa hoy y mañana, con las entradas agotadas, en el Teatro Central.

Los responsables del montaje aseguran que Una noche sin luna "habla de Lorca desde una sensibilidad del siglo XXI, como si el propio Federico estuviera hoy aquí entre nosotros". Peris-Mencheta lo explica al otro lado del teléfono: "La idea de Juan, en un principio, era hacer recitales con textos de Lorca, pero se lio. Empezó a darse cuenta, en el trabajo de investigación, leyendo las entrevistas y las conferencias y todo lo que se había publicado sobre él, de que había similitudes entre los tiempos que él vivió y los tiempos que nosotros vivimos. Ese periodo que comprende el final de los años 20, los años 30, esa España que empieza a oler a pólvora", sostiene el director. Tal era la vigencia de las declaraciones del granadino que "cuando me llegó el primer texto le tuve que preguntar a Juan qué era de Lorca y qué de Botto, porque si no conoces las entrevistas y las conferencias puedes confundirte. Muchas de esas frases las podía haber escrito Juan hoy, y no sólo por el mensaje, sino porque vienen expresadas en unas palabras muy actuales, no sonaba a un castellano que está cerca de cumplir un siglo".

El cartel de la obra. El cartel de la obra.

El cartel de la obra.

Con esos fragmentos encauzaron el trabajo en una dirección: qué pasaría si Lorca "hablara desde la cuneta en la que está y pudiera avisarnos de a lo que huele nuestra España querida". El poeta al que encarna Botto relatará a los espectadores, entre otros episodios, su paso por la Residencia de Estudiantes, su experiencia en La Barraca o sus amores; meditará sobre el papel de la mujer, a la que dedicó una mirada "siempre poética y reivindicativa", pero asimismo "va a contar", adelanta Peris-Mencheta, "los acontecimientos, todas las cosas que sucedieron para que fuera fusilado el 18 de agosto de 1936. Juan indaga en todas las posibilidades, las razones, en su personalidad, sus encuentros y desencuentros, para que finalmente podamos entender que Queipo de Llano decidiera darle café, mucho café, como dijo textualmente".

"Hablar de Lorca hoy es hablar de nosotros mismos", se defiende en las notas del espectáculo. El destino que tuvo el autor de Fuente Vaqueros conecta con una herida íntima de Botto: su padre fue uno de los miles de desaparecidos de la dictadura de Videla, en Argentina. "Con la preparación de esta obra podemos llevar unos cinco años", apunta el director, "y Juan tardó en darse cuenta de cómo lo que estábamos contando le concernía. Lorca es un hombre al que no le puedes dejar unas flores".

Unas circunstancias sobre las que pensaron largamente la pasada semana, cuando la producción se programó en el Teatro Alhambra y sus artífices visitaron escenarios de la biografía de Lorca. "Estuvimos en Víznar, en Villa Concha, donde estuvo preso antes de que lo mataran, nos hicieron un recorrido por la zona y representamos la función en su querida Granada. Con lo cual venimos a Sevilla con unas alforjas llenas de emoción, de imágenes y de muchas cosas que no teníamos antes de ir a Granada. Era una de las paradas obligatorias para ir cerrando el círculo de la historia de Lorca. Ojalá podamos ir a Nueva York, a La Habana, ciudades que fueron importantes también para él, y recalaremos en junio en el Teatro Español de Madrid, donde estrenó tantas de sus obras".

La palabra de Lorca resulta "tan actual que uno no sabe si es algo que se ha escrito hoy"

"Cisne redondo en el río, / ojo de las catedrales, / alba fingida en las hojas", se definía a sí misma en Bodas de sangre la luna, un símbolo al que el creador acudió con frecuencia. "A menudo representa la muerte, pero también es una compañera de viaje, alguien que siempre está ahí", analiza Peris-Mencheta, antes de aclarar el porqué del título de la obra. "Según la biografía de Gibson, la noche en que mataron a Lorca fue una noche de luna nueva. Por lo tanto, si cuando lo sacaron de madrugada a pegarle dos tiros él miró al cielo no la vería. Es potente pensar que ni la luna estaba para salvarlo".

Le recordamos a Peris-Mencheta la crítica que nuestro compañero Pablo Bujalance hizo de la obra en el diario Málaga Hoy, en la que celebraba que "una de las razones más poderosas por las que la función de Una noche sin luna se hace inolvidable es el conjunto de reacciones del público desde el comienzo de la misma". El director admite que la conexión con los espectadores es "una de mis principales preocupaciones, sí. Cuando Juan me planteó la obra propuso una pieza con varios personajes, con música en directo, algo de flamenco y por lo menos otro actor en escena. Él, que es un gran relatador, me contó la historia, y yo lo vi claro. Debía ser un monólogo. Un monólogo que es un tobogán, que sube y baja y nunca decae, pero que no dialoga con otros personajes, dialoga con el auditorio. Yo, que soy nieto de las dos Españas, me sentía aludido. Y quería que eso se llevara a los espectadores", recuerda Peris-Mencheta.

Juan Diego Botto, en una escena de 'Una noche sin luna'. Juan Diego Botto, en una escena de 'Una noche sin luna'.

Juan Diego Botto, en una escena de 'Una noche sin luna'. / Marcosgpunto

Si el madrileño tiene a sus espaldas una carrera irreprochable como director de escena, con propuestas tan aclamadas como La tempestad y Lehman Trilogy, es porque ha concebido el hecho escénico como algo vivo. "Yo tengo tendencia en todos mis espectáculos a que haya connivencia con el público desde el primer momento, a buscar un lenguaje común, a procurar que hablemos el mismo idioma. En Lehman Trilogy, por ejemplo, salía un tío con unos carteles y cuando aparecía el auditorio sabía que debía toser, aplaudir, hacer lo que tocara. Me gusta que el espectador no esté en la butaca sentado, sino que esté activo, que sienta que en cualquier momento le puedan preguntar". Esa "obsesión" le viene a Peris-Mencheta de su juventud, "por lo que me sucedía a mí, hijo de agnósticos, cuando acompañaba a un amigo a misa y temía que el cura me preguntara algo, cuando yo no había hecho catequesis y no era el más apropiado para responder. Esa especie de estado de alerta me parece muy interesante y la he llevado a mi ámbito. Es mi idea del teatro: la escena tiene que hablar de lo que pasa, y de lo que nos pasa, y el espectador no puede estar abandonado en el asiento".

La charla retrocede ahora a los años de su Tempestad, cuando afirmó en una entrevista con este periódico que trabajar con el reparto había tenido algo de "guardería", por el componente lúdico que promovía en sus ensayos. Ese interés por divertirse, ¿ha perdido fuelle con la experiencia? "No, no, eso sigue ahí", contesta. "Mira, yo tengo como 400 juegos de mesa en casa, los colecciono. Y ahora que vivo en Estados Unidos tengo la ludoteca multiplicada por dos, porque te sale más barato comprarte otro juego que trasladarlo en la maleta. Y es curioso, pero cuando dirijo juego menos, la prueba de que para mí el teatro es jugar. No hace falta repetir lo que ya todos sabemos, que el español es el único idioma donde a actuar se le llama actuar, hasta en japonés a esto se le llama jugar". No en vano su compañía, su laboratorio de proyectos, se llama Barco Pirata, "por ese barco de los clicks que nunca pudieron comprarme mis padres porque era muy caro. Pero también me gusta el componente clandestino del nombre, eso de hacer algo que igual no encaja con los tiempos que vives. Montar Castelvines y Monteses [una versión de la obra de Lope de Vega que estará en el Central en marzo] con 13 actores, en plena pandemia, ensayarla en un momento como este, con un brote que nos surgió, y aun así sacarla adelante... eso es muy pirata".

El director concibe el teatro como un espacio para la inventiva, y Una noche sin luna, que podía haber caído en el recital solemne, tampoco elude el juego y la diversión. "El teatro es, digamos, un lugar entre la novela y la película, y cuanto más cerca esté de la novela y más lejos de la película más me interesa. Para mí, los espectadores tienen que completar la función en su cabeza, activar su inventiva. Yo voy a una obra para que me permitan imaginar, para que no me den todo cocinado, como ocurre en el cine, en el que un director elige un punto de vista, pero tú al leer el libro no pensaste en ese plano ni en ese actor. Para mí, ese recurso de la imaginación es la madre del cordero, la razón por la que a mí y a tantos otros nos fascina esto".

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