Andalucía: la lógica de la insatisfacción

Susana Díaz tenía motivos para temer a Cataluña como César a los idus de marzo. Desde meses atrás, la presidenta rumiaba su miedo. En septiembre, su principal reticencia para convocar era ésa: Cataluña. Las encuestas estaban a favor de la marca, pero su olfato político le prevenía; y la experiencia de las primarias le había inoculado una desconfianza profunda en la demoscopia. Las fechas preferidas de 18 ó 25 de noviembre pasaron por una razón sencilla: quería ver primero el aniversario del 1-O e incluso el 3-O.

Finalmente, no sin reservas, convocó el 8-O. Pero no remitía su miedo, compartido en conversaciones privadas. Y Cataluña efectivamente ha sido determinante para acabar con ella.

La intuición tampoco le falló con el partido. A final de verano contaba con que la moción de censura era un factor de riesgo, a pesar de las encuestas entonces efervescentes. Sí, un adelanto permitía aprovechar ese viento de cola, con la mejor valoración de la marca PSOE en la década, pero la presidenta temía que ese idilio pasase rápido por la alianza tóxica con los independentistas.

De ahí la idea de una campaña con acento andaluz. No es seguro que rebajar la presencia de Sánchez fuese un error pero, a medida que los demás partidos imponían la agenda española, faltaron reflejos. Tampoco era fácil, con el presidente en el exterior –Cuba, Marruecos, Bruselas, Argentina– mientras los líderes, Casado, Rivera, Arrimadas, Abascal, y también Iglesias, percutían en los cabreos más o menos sordos que la gente llevaba meses incubando. El acento andaluz no era una vacuna eficaz.

Mas allá de la motivación estratégica para evitar un protagonismo de Sánchez, ha habido también tensión interna. Las cuentas pendientes se reavivaron con las listas aunque Ferraz tragó con el 100% susanista. El colectivo Socialistas por el cambio en Andalucía lanzó en la red “Con Susana me abstengo”.

¿Cuánta abstención han podido fomentar los sanchistas con su iniciativa desleal de brazos caídos? No hay modo de hacer cálculos, más allá de saber que el sanchismo es un tercio del socialismo andaluz militante. Las bases, en todo caso, estaban envenenadas. El ambiente de purga tras el 2-D, aunque luego suturado para evitar un estropicio mayor en el PSOE, delata la medida de los resentimientos.

Se equivocarían en el PSOE andaluz, sin embargo, si creyesen que se trata sólo de Cataluña y el partido. El descontento tiene raíces profundas; aunque quizá por ser raíces no resultaran visibles en la superficie de la campaña. Spiriman puso los focos en algunas verdades incómodas sobre el servicio de salud; y las quejas de los médicos son un espejo para miles de pacientes que sufren su deterioro.

Invertir en quirófanos abiertos a destajo para reducir las listas llegó tarde y no bastaba ya contra las frustraciones. En Educación también ha habido pérdida de confianza. A una sociedad que frisa un 40% de población en riesgo de pobreza, Susana Díaz le proponía una campaña hablando de felicidad, de alegría… y demasiada gente no podía entender esa Arcadia feliz.

Durante años, se había explicado la permanencia del socialismo en el poder por la “paradoja de la satisfacción” formulada por Pérez Yruela: aunque Andalucía estuviese en el furgón de cola de las clasificaciones, los andaluces, sobre todo en el interior rural, valoraban los cambios formidables en estas décadas evolucionando desde el tercermundismo a estándares europeos.

Fuese cual fuese la medida de eso, tras una década de evolución estancada o deteriorada, ha emergido el descontento. Se ha pasado de “la paradoja de la satisfacción” a la lógica de la insatisfacción.Ese descontento se abona al fin, además, por los titulares golfos, sobre todo los tarjetazos en el puticlub, y los grandes escándalos de los ERE y la Formación. Defenestrar a Rajoy por Gürtel no ha tardado en generar contragolpes constantes desde la derecha, y más con el juicio en curso.

La corrupción computa en la lógica de la insatisfacción. Y está por ver que ese voto perdido vuelva a aglutinarse en la marca PSOE. En 1996 recuperó 600.000 durmientes que no votaron en 1994; y en 2004 a 400.000 retraídos en 2000; pero en 2015 ya no recuperó lo perdido en 2012 y se ha dejado 400.000 más. La izquierda se ha fragmentado y quizá vaya a más, como la derecha, que dividida suma votos porque Cs recoge escaños por el centro y Vox excita un voto radical no sólo ultraderechista. El PSOE como gran marca andaluza puede haberse agotado.

Perder Andalucía, mucho más que las primarias, es un golpe dramático para Susana Díaz; pero supone una catástrofe para el PSOE. Sus dirigentes, como todos, no han entendido lo que estaba cambiando; no previeron que aquí llegarían las corrientes que cuajan en Europa y no supieron entender las consecuencias de la conexión con el golpismo catalán. Los esquemas del pasado, en fin, ya no sirven para entender la realidad. César llegó así condenado al Capitolio en los idus de marzo, y Susana Díaz en las calendas de noviembre.

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