el poliedro

José Ignacio Rufino

España, paraíso del 'okupa'

En Inglaterra, Alemania y Holanda, países donde nacieron en los 80 aún hippies, los 'okupas' son desalojados y castigados rápidoEn nuestro país, el proceso de devolver la casa a su dueño es el más largo de Europa

02 de septiembre 2017 - 02:36

Recuerdo bien a Alicia, ante nuestro pasmo y asombro, cuando nos explicaba recién llegada de Londres cómo se había enganchado al squatter, un movimiento de ocupación de viviendas deshabitadas que tenía fines culturales y de contestación política y social, y por supuesto para poder alojarse sin pagar una esterlina, cogerse estupendos colocones, ligar y todo lo propio. Cada vez que veo a Gerry Conlon (Daniel Day-Lewis) vestido estrafalaria y deliciosamenteEn el nombre del padre, recién llegado a la mítica metrópoli desde la entonces pobre Irlanda, sin un pavo y con todas las ganas, recuerdo lo que en mi cabeza se me representaba la aventura de Alicia cuando Conlon se encalomó en una casa ocupada. Donde el derecho a mi vivienda estaba por debajo del capitalista derecho a la propiedad privada de otro. La envidié y la admiré, una trianera valiente en la Era Pre-Erasmus. Eran los primeros años ochenta del XX, y en Inglaterra, Alemania y Holanda, esa corriente juvenil bebía mucho de la fuente hippie, aunque trasladada a un entorno europeo en el que entonces se dirimían cosas importantes. En el Reino Unido gobernaba Margaret Thatcher, la Dama de Hierro, que transformó su país adelgazando el sistema de protección social y privatizando empresas estatales.

En la España de la Transición, que uno recuerde, algún alcalde serrano de uno de esos partidos de izquierda muy roja que desaparecieron pronto intentó expropiar algunas casas de veraneantes, según las malas lenguas para darlas a su madre y otros afectos a quienes les vendrían de cine, y de riguroso pescuezo. Porque lo del movimiento okupa -que así se tradujo squatter al español, con brillante gestión de la marca - es algo subjetivo. Si la casa es tuya, o te tocó en una humilde herencia proindivisa, te parece un robo: lo es. Y más en España, campeona de Europa en negligencia institucional ante la okupación. Si la casa es de otros, que les den: para nosotros y nuestro rollo.

No es así en aquella Alemania, Inglaterra u Holanda de los orígenes más puros del movimiento de ocupación, donde, en el presente, a quien se le ocurra expropiar por sus santos bemoles la propiedad de otra persona se le cae el pelo. Y rápido: ahí está la clave. Aquí, la falta de procedimiento civil, la necesidad de que el juez estime que es delito y el amparo al agresor hace que tu vida se pueda convertir en un infierno, desvelado y poseído por el reflujo gástrico, pensado cada noche qué harán esos tipos con la casa que con tanto esfuerzo compraste -o sigues comprando-, y que con tanta ilusión amueblaste. Hablo de personas, ahorradores, pequeños inversores, no de pérfidos bancos ni de fondos de inversión; éstos se defienden bien y rápido. La policía no va a ir contra los asaltadores establecidos. Debiera hacerlo de inmediato pero, oh España, no lo hará. Se lavará las manos y señalará al juzgado. Todo lo contrario que cuando dejas de pagar una hipoteca. No es tan diferente a que te bajen de tu coche y se lo lleven tras darte una buena paliza. Esto es preferible, bien mirado.

No hablamos de un movimiento cultural alternativo pacífico, sino de unos listos. De pacífico no tiene nada aquella persona que asalta una casa ajena y toma posesión de ella sin derecho alguno, más allá de tramposas estructuras argumentales. Tampoco hablamos de los okupas de borrachera, vándalos sin castigo, que en el frío invierno violentan una casa de vez en cuando para pasar el rato y ponerse morados y destrozar. Como el castigo, de ser, es mariposón y tardío, los chorizos con causa hacen su agosto. (Feliz septiembre, por cierto, que no es un septiembre cualquiera y necesitamos suerte.)

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