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Análisis

Joaquín Aurioles

La inflación y el tipo de interés

La inflación nos afecta de muy diversas formas. Nos empobrece, porque reduce la cantidad de bienes y servicios que podemos adquirir con el dinero que tenemos, y perjudica la competitividad. Incluso genera desigualdad porque no todos tienen la misma posibilidad de defenderse. Los que perciben rentas pactadas están entre los perjudicados, lo que a veces conduce a las prácticas de indexación (la revisión se ajusta a la inflación para mantener el poder adquisitivo de los perceptores). Salarios, pensiones y alquileres están entre ellas y cuando ocurre aparece el riesgo, del que advertía el gobernador del Banco de España, de que una inflación coyuntural acabe incrustándose en el esqueleto de la economía y convirtiéndose en estructural.

También la depreciación de la moneda, y sus consecuencias, sobre todo para una economía endeudada, está en la larga nómina de adversidades de la inflación, pero nos interesa especialmente su relación con los tipos de interés. Veamos el fundamento básico de esa relación con un ejemplo. Si un amigo presta 1.000 euros a otro a devolver en un año, lo razonable es que con la devolución el prestamista pueda adquirir una cantidad similar de bienes a la de un año antes. Si los precios han subido un 5%, lo lógico sería que devolviese 1.050 euros. En esta operación el tipo de interés nominal es del 5%, como la inflación, aunque el tipo de interés real, que se obtiene deduciendo la inflación del nominal, es cero. El amigo prestamista no habría obtenido ninguna ganancia real con el préstamo.

Que el tipo de interés nominal deba ajustarse de alguna forma a la inflación parece de lo más razonable y nos sugiere que, si los precios están creciendo por encima del 6%, un tipo de interés inferior al 2% (recordemos que el Euríbor a un año continúa negativo en medio punto) tiene que generar forzosamente distorsiones en la economía. La advertencia del presidente de la Reserva Federal norteamericana de que si los precios no se controlan retirará los estímulos monetarios, es decir, priorizará la lucha contra la inflación frente al empleo, va en esta dirección y los expertos ya anticipan tres subidas de tipos, como mínimo, a lo largo del año.

También la presidenta del BCE ha renovado su compromiso con el control de la inflación durante la toma de posesión del nuevo presidente del Bundesbank, aunque aquí la tensión es bastante menor que en los EEUU. El economista jefe del BCE confía en que a lo largo del año los precios se ajusten al objetivo de crecimiento del 2%, aunque coincide con el presidente de la Reserva Federal en que estamos ante una inflación algo extraña. Se acepta su naturaleza coyuntural y que está relacionada con el atasco de los suministros. La gente tiene dinero y está dispuesta a gastarlo, pero las fábricas no consiguen atender la demanda y los precios se disparan. Es, por tanto, una inflación de demanda y, por ello, coyuntural, pero el problema de fondo está en la oferta y podría ocurrir que, si el atasco se prolonga, la indexación convierta el problema en estructural. En ese caso, la política monetaria no tendría más remedio que cambiar a restrictiva y los tipos de interés nominales aumentarán.

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