Análisis

Juan Ruesga Navarro

Las joyas de Sevilla

En el barrio de la Macarena, pasado el hospital y entre la Avenida Sánchez Pizjuán (camino viejo del cementerio) y la calle Doctor Fedriani (camino nuevo del cementerio) se encuentra una barriada construida a finales de los años sesenta y primeros de los setenta del pasado siglo, cuyas calles tiene nombre de piedras preciosas: Ágata, Aguamarina, Amatista, Brillante, Coral, Cuarzo, Diamante, Esmeralda, Galena, Granate, Malaquita, Ópalo, Rubí, Topacio, Turmalina y Zafiro. Estas calles fueron rotuladas así a petición de la Cooperativa de Ferroviarios San Francisco de Asís, promotora de la barriada, y, como tantas otras de la ciudad, se asienta sobre una antigua huerta, la de San Antonio o La Solana, y se organiza sobre el antiguo Callejón del Cerezo, que unía los citados caminos del cementerio y viene a coincidir con el trazado de la actual calle Diamante. Son calles rectas, algunas de ellas peatonales, con bloques de viviendas bien conservados, de cinco plantas de altura y fachadas de ladrillo visto rojizo. Con arbolado, jardincillos y arriates bien cuidados. Pequeñas plazas con áreas para niños y para jugar a la petanca. En las plantas bajas existen locales comerciales, no demasiados, ocupados por pequeños comercios de diario, como supermercados, fruterías, pescaderías y bares con terrazas donde a la hora del café de media mañana se reúnen vecinos ya jubilados para hablar de sus cosas: de las familias, de enfermedades y medicinas, de cómo les va a los hijos y nietos y, por supuesto, de las pagas que les han quedado a unos y a otros.

La vida en la barriada está organizada, con asociaciones de vecinos, veladas y cruces de mayo. Una vida sencilla, de barrio, con la dignidad de las clases trabajadoras que la habitan tal como corresponde a su origen cooperativo. Los servicios municipales de limpieza y basuras están presentes, pero podrían estar mejor como en tantos barrios de Sevilla. Está bien comunicada por líneas de autobuses de Tussam que finalizan en la Plaza de Ponce de León. En dichos autobuses se comparte viaje también con los sevillanos de África, Latinoamérica y Asia que allí conviven. En resumen, el lugar donde habita la Sevilla real.

Junto a la Sevilla de los monumentos, con colas en la puerta y grupos de turistas con maletilla de ruedas o caminando detrás de un guía con paraguas de color, existe esta Sevilla de los barrios y barriadas que representa la mayoría territorial y demográfica de la ciudad y que tiene menos protagonismo quizás del debido a la hora de los debates. Son los sevillanos que van debajo de los pasos y los antifaces de Semana Santa. Los que hacen que los clubes de fútbol de la ciudad tengan por encima de los 40.000 abonados cada uno, llenando domingo tras domingo las gradas de los respectivos estadios.

Cuando hablamos de la Macarena, de Triana, del Cerro del Águila, del Polígono de San Pablo, de la Ciudad Jardín, de la Candelaria, del Tiro de Línea, de Pino Montano, de la Corza, la Barzola y de los demás que se me olvidan o no nombro por falta de espacio, estamos hablando de los barrios, las joyas de Sevilla.

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