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El regreso a Nunca Jamás

CUANDO los Niños Perdidos deciden marcharse de Nunca Jamás en busca de una mamá Peter Pan se lo deja bastante claro. "¡Váyanse!, váyanse y crezcan, pero se los advierto, cuando sean mayores... ¡ya no podrán volver!", gritaba Pan a sus compañeros de aventura. Por culpa de Garfio -que truncó sus planes nada más salir de la guarida del árbol- o porque se lo pensaron dos veces, los pequeños jamás abandonaron o Peter y se quedaron para siempre atrapados en su más tierna infancia. Otros no tuvimos esa suerte y, a pesar de luchar con uñas y dientes, pasamos de niños a adultos de forma repentina y casi sin anestesia. Y ya lo avisó Peter Pan, ya no hay marcha atrás.

No es de extrañar que un día como hoy muchos mayores, en un alarde de soporífera madurez, se jacten de haber recibido los eternos calcetines de manos de Sus Majestades de Oriente. Ellos, tan lejos de la inocencia, han dormido a pierna suelta durante toda la noche. Ningún delicado y sutil ruido ha perturbado su sueño ni en un involuntario parpadeo han sentido mariposas en la tripa al creer vislumbrar una anciana figura con corona. Tampoco han acudido deprisa y corriendo a su salón para ver si los Magos han cumplido sus deseos. Ni tienen deseos, ni mucho menos lo dejaron por escrito para que los Sabios los leyesen. Tenía razón Peter Pan. Al marchar de Nunca Jamás, convertirse en adulto es completamente inevitable y volver a ese lugar donde todavía se es niño resulta imposible. Pero a Peter se le olvidó matizar. Uno, como reza la canción, siempre vuelve a los viejos sitios donde amó la vida y, si algo aprendimos de los cuentos, es que las migas de pan siempre nos llevan a casa. El que guarda recuerdos en el lugar correcto sabe cómo desenterrar a ese niño que un día fue y, aunque peine canas y las arrugas le arañen la piel, es capaz de despertar de su letargo a la dormida inocencia.

Ese adulto esta noche no habrá dormido, se habrá despertado cuando la noche estaba clarita y habrá corrido hacia el salón siguiendo el caminito de las monedas de chocolate que los Reyes Magos le dejaron. Ese adulto habrá sonreído al contemplar que de las tres copas de anís que dejó no hay ni rastro y que el cubo de agua que colocó en la cocina parece haberse evaporado. Ese adulto hoy habrá vuelto a Nunca Jamás, de donde nunca debió marcharse y donde para siempre se quedó un trocito de él. Sólo hay que saber desenterrarlo y no dejar que los gusanos de la madurez le coman la ilusión que se tiene cuando se es pequeño.

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