Antonio Montero Alcaide

Escritor

Absoluto silencio estival

Aunque el tiempo nos alcanza, las horas pueden quedar inmóviles en el absoluto silencio estival

Trenzar juncos tal vez sea una forma de pasar el tiempo para quienes dispongan de esa habilidad manual. Pero hacerlo sin detenimiento, porque un asno dé buena cuenta de ellos, devorándolos nada más trenzados, es la razón de un mito. Tal hacía Ocnos, en el mitológico inframundo griego, la sombría morada de Hades, por un castigo infernal que participa de una maldita reiteración, como ocurriera a Tántalo o a Sísifo. Que de Ocnos se acuerden Goethe y Cernuda no debe extrañar por ello, aunque el poeta sevillano repare más en el entretenido pasatiempo que en la narración maravillosa de un mito. Y así da nombre a su singular autobiografía, Ocnos, con prosa hecha de versos, cuya primera edición, en 1942, él costeó en Inglaterra y a la que sucedieron otras dos: una en Madrid, seis años después y aumentada; y otra en México, asimismo aumentada, en 1963, cuyos primeros ejemplares llegaron poco después de muerto Cernuda, en el domicilio de la también poeta Concha Méndez. Quizás el mito de Ocnos sea una justificación cernudiana, porque de natural era para Ocnos trenzar los juncos como para el asno comérselos. Y si aquel dejaba de trenzarlos, el poeta se pregunta a qué podría dedicarse.

A Luis Cernuda le deprimía Escocia y arrastraba sus días, como lector de español, en la Universidad de Glasgow, desde 1939 hasta 1942, porque perdió toda esperanza de volver a España cuando pretendía regresar, en 1938, tras una estancia en París. Ocnos trenza los juncos para ocuparse en algo, y, a fin de que tal recreo no cese, el asno se los come. De modo que, con su asno, Ocnos encuentre, dice Cernuda que hasta cierto punto, una manera de pasatiempo. ¿Acaso la escritura de Ocnos no tendría algo de esto mismo, en apesadumbradas tardes escocesas de un poeta entrañado en su tiempo sevillano?

Muerto a los 61 años de vida, escribe Cernuda que "llega un momento en la vida cuando el tiempo nos alcanza". Y, como duda sobre si lo ha expresado bien, añade: "Quiero decir que a partir de tal edad nos vemos sujetos al tiempo y obligados a contar con él, como si alguna colérica visión con espada centelleante nos arrojara del paraíso primero, donde todo hombre una vez ha vivido libre del aguijón de la muerte". Aunque también le asaltase, insidiosa, la idea de la eternidad: "el miedo de la eternidad, del tiempo ilimitado". De ahí que se zafe de la espada y de la insidia con el recuerdo de un rincón, en el patio con fuente de su casa sevillana natal, solo y sentado en el primer peldaño de la escalera de mármol, cuando la vela tamizaba las luces para que una tibia penumbra refrescara con su sombra. "Allí, en el absoluto silencio estival, subrayado por el rumor del agua, los ojos abiertos a una clara penumbra que realzaba la vida misteriosa de las cosas, he visto cómo las horas quedaban inmóviles, suspensas en el aire, tal la nube que oculta un dios, puras y aéreas, sin pasar".

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