el poliedro

José / Ignacio Rufino

"Ahí os quedáis", dijo el maquinista

Un conductor de Renfe dejó el tren en la vía con todo el pasaje dentro en mitad del trayecto el pasado jueves

17 de septiembre 2016 - 01:00

NO pocos habrán recordado aquel chiste al leer la noticia del maquinista de Renfe que dejó a su tren parado en medio del trayecto, con todo el pasaje dentro y con un palmo de narices: "Mamá, hoy no quiero ir al cole, todos los niños faltan algunas veces", "Sí, Gustavo, pero tú tienes cuarenta y cinco años y eres el director". Ocurrió el jueves, durante un Madrid-Santander, y el conductor del Alvia paró el tren en una estación en el medio de la nada -Osorno-, avió la mariconera, recogió su fiambrera y se fue tan ricamente. En estos dos días, hemos sabido algo más sobre convenios colectivos (animal laboral en vías de extinción), y unos y otros nos hemos apresurado a emitir juicios más o menos prejuiciosos e ideológicos, tan propios de la vida en red social. Nada que ver la actitud de este empleado de Renfe con la de Buster Keaton en El maquinista de La General: nada de pobre cobardica protagonista, abandonado por su amada al no ser admitido en el ejército en plena guerra, ni de persecuciones ferroviarias de vértigo que, a la postre, le devuelvan a su amada. Nuestro maquinista actuó más bien movido por su convenio, por la normativa, por los riesgos y por sus propias obligaciones establecidas en alguna descripción del puesto, protocolo o RPT. Nuestro fogonero contemporáneo dijo "Ahí os quedáis" porque otro más arriba en el organigrama la había -entiéndase- cagado. En los máster de management nos dicen que "los fallos siempre son responsabilidad directiva". No nos pongamos tan maximalistas, pero reconozcamos la realidad.

Previsiblemente, las opiniones estaban bastante polarizadas con respecto a la actitud del maquinista en la prensa y en internet poco después de saberse el suceso. Unos expresaban su indignación con la irresponsabilidad cínica propia de un empleado intocable: "El tipo es uno de esos privilegiados y maleados por la inercia del contrato público de por vida. Al tipo le da igual el cliente, sus satisfacción ni gaitas; seguramente es un sindicalista corrosivo y chupóptero, de los que están bien a cubierto y nada quieren saber de parados ni empleados precarios". No dudemos de que este perfil de obrero privilegiado, reluctante y recalcitrante, siempre mercadeando y trepando o apalancándose en su pequeño paraíso laboral privado existe, aunque cada día esta descripción antifuncional y meramente egoísta es más aplicable a altos directivos y políticos, y menos a sindicalistas, y mucho menos a trabajadores de operaciones, administrativos o mandos intermedios: éstos siempre están expuestos al fuego amigo, cada día más; cada reforma laboral, más. No pocos políticos y altos directivos son más garrapata que el tópico sindicalista.

No es un golfo, el fogonero. No es éste el caso, como parece avalar la letra más pequeña de las noticias sobre el incidente. Lejos de una falta de profesionalidad del maquinista, el fallo es directivo: de planificación, de organización y de control. Alguien por encima del empleado en cuestión sabe que hay una normativa de seguridad y calidad de obligado cumplimiento que establece que un conductor de este tren en este tipo de trayecto no puede superar al volante más de un número concreto de horas seguidas (cinco y media en este caso, al parecer). "Y si usted, jefe de la tecnocracia que organiza mis tiempos y movimientos, no es capaz de mantener los horarios bajo control, yo, operario cualificado, sí: y no voy a pilotar más de lo que usted y las normas consideran peligroso. Y no hago ni un kilómetro más, no vaya a ser que mi familia se tire sin mí toda la vida pagando deudas establecidas en un juicio por accidente, del que soy culpable yo, penúltimo mono". El maquinista será lo que sea, quién sabe, pero aquí ha actuado responsablemente.

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