La aldaba
Carlos Navarro Antolín
¡Moción de censura en Los Remedios!
Tétrica y pretenciosa al margen de los galardones conquistados, The Believer fue una película que nos brindó el primer papel protagonista del intérprete canadiense Ryan Gosling, en un atormentado registro muy alejado del soñador artista que admiramos en el delicioso e inolvidable musical La La Land. Para la construcción del personaje, previa oportunista transformación estética en un joven de aspecto skinhead, el guionista se inspiró en un caso real: el del activista neonazi estadounidense Dan Burros, que puso fin a su vida, a mediados de los sesenta, al descubrirse su origen hebreo.
Un ejemplo mucho más interesante de judío próximo al antisemitismo es el de Otto Weininger (1880-1903), emergente figura del mundo académico vienés de principios del siglo XX, suicidado tras legar a la posteridad un precoz, sorprendente y polémico ensayo con el nombre de Sexo y carácter. A su rescate ha contribuido el estudio de Allan Janik El judío favorito de Hitler.El enigma de Otto Weininger, un nuevo título entre aquellos de temática filosófica que conforman el magnífico catálogo de esa meritoria empresa editorial sevillana llamada Athenaica.
Janik, reputado especialista en el pensamiento contemporáneo en lengua tudesca, despoja la obra de Weininger de los epítetos simplistas que durante más de un siglo han presentado sus tesis como el perverso alarde de misoginia y antisemitismo de un judío afeminado. Y lo hace, tanto aportando datos sobre la personalidad del autor como efectuando un análisis sereno y matizado de sus afirmaciones.
Fue Weininger uno de los exponentes de una generación de intelectuales judíos austriacos que renegó de sus raíces ancestrales aproximándose en el terreno religioso al cristianismo, tanto en su versión católica como protestante, y en el cultural a la exaltación de la germanidad en torno a la veneración de la herencia de Nietzsche y Wagner. Una actitud que no despertaría el menor atisbo de piedad entre los fanáticos racistas uniformados que en la transición del primer al segundo tercio de la centuria, se erigieron en adalides de la pureza del sentimiento alemán.
Bucea Janik también en la supuesta influencia póstuma de Weininger en el líder carismático de estos últimos, Adolf Hitler, demostrando la falta de bases sólidas para sostenerla, más allá de un par de alusiones vagamente elogiosas proferidas por el dictador nacionalsocialista en dos momentos muy distanciados en el contexto y en el tiempo.
Cobran actualidad estas reflexiones en una trágica coyuntura bélica en la que los simpatizantes de la causa israelí llevan semanas acusando de judeofobia a quienes critican las acciones de un Estado con una legitimidad original manifiestamente discutible, mientras que la de ejercicio se cimenta en un sistemático desprecio hacia los derechos de los vecinos y las resoluciones internacionales. Gasolina para avivar el fuego del nefasto integrismo islámico, cuyas principales víctimas son –no lo olvidemos– aquellos musulmanes que no comulgan con él.
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