Visto y Oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Cocinillas

26 de enero 2014 - 01:00

QUE levante su dedo sangrante quien se haya creído, solo en la cocina, sentirse ungido por el espíritu de Masterchef. Todos los/las cocinillas, en especial esos padres de familia que han dejado de hacer paellas los domingos para reconvertirse en deconstructores de ajoarriero, durante las pasadas fiestas blandieron sus cuchillos destripando lubinas y deshuesando pulardas imaginando tener el aliento de Pepe Rodríguez o de Chicote templándoles la nuca. Y después han emplatado para someterse ante la familia a un dictamen de nominación. Si preguntan en cualquier tienda de electrodomésticos le confirmarán el auge de batidoras, robots y de cuanto aparato o cachivache permita refinar esos recetarios que se han convertido en libros infinitos gracias a internet. Y ganan los hombres por mayoría entre esos compradores. La cocina se ha convertido en signo de distinción personal, hasta incluso una posible salida laboral, una tendencia que ha venido a agigantar la televisión. La vitro ya no es sólo la herramienta para alimentarse sino también el altar para redimirse. No es sólo (saber) adquirir ingredientes, es saber manipularlos para sorprender a los demás.

Aunque cocinar bien esté al alcance de los más diligentes, la gastronomía está al alcance de cualquier paladar y el encanto de todos los masterchefs, tapeos y postres que nos invaden la noche es la degustación visual, casi imaginaria, de los platos y la valoración de ese trabajo. La comida nos une a todos y de una ojeada golosa cualquiera de nosotros podemos distinguir la calidad de los platos y de los concursantes. La comida engancha, por supuesto. Lo malo de un atracón es el empacho posterior y tras Deja sitio para el postre empezamos a sentir ardores.

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