Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

Crónicas de la fragilidad

La crisis de 2008 nos enseñó que nada era sólido; la de 2020, que pisamos sobre un frágil suelo de cristal

Cuando dentro de algún tiempo repasemos este año extraño que se nos está haciendo tan largo, escribiremos las crónicas de la fragilidad. La crisis de 2008 nos enseñó que todo lo que creímos sólido se podía convertir en líquido delante de nuestros ojos. La de 2020 nos ha enseñado que pisamos un suelo de cristal, que en cualquier momento puede quebrarse, hacerse añicos y arrojarnos al abismo. Nuestro presente, nuestro futuro, nuestra vida entera depende de algo tan ajeno a nosotros como que un virus pase de animales a humanos en un oscuro mercado de Wuhan y que a partir de ahí se nos hunda todo. No ya como personas, que también, sino como colectividad: como habitantes de una ciudad o de un país o como trabajadores de una empresa. Esa fragilidad viene determinada por todo tipo de azares. Pero los azares pueden moverse en una dirección o en otra dependiendo de muchos factores que hubiera estado en nuestra mano controlar. Pienso, por ejemplo, en la gestión que se hizo en España durante las primeras semanas de la pandemia, cuando los sanitarios tenían que enfrentarse sin mascarillas a hospitales colapsados y desbordados, cuando alcanzábamos las mayores cifras de mortandad del mundo y nuestras autoridades se veían superadas en todos los ámbitos, desde la compra de equipos de protección hasta asegurar la prestación de un trato mínimamente humano en las residencias de ancianos. Junto con los italianos nos tocó ser los primeros europeos que se sumieron en el tsunami del virus y, si bien es cierto que luego se fueron sumando país tras país a los dos lados del Atlántico, siempre nos quedaremos con el regusto amarguísimo de preguntarnos porqué nos había tocado a nosotros la bola negra. Y la respuesta siempre tenía que ver con un Gobierno que tardó demasiado en dar respuesta y que tradujo esa tardanza y esa inoperancia en la pérdida de miles de vidas humanas.

Este año, que pasará a la Historia como uno de los más desgraciados de los últimos siglos, nos ha enseñado que nada de lo que tenemos está blindado. Las generaciones que crecieron en la segunda mitad del siglo XX lo hicieron en la cultura de que el esfuerzo les proporcionaría una carrera profesional estable y progresiva que culminaría en una jubilación cómoda. Hoy todo eso es historia. Los jóvenes que conforman las primeras generaciones de este siglo no van a saber lo que es un puesto de trabajo estable y van a estar sometidos, los que logren hacer una carrera profesional, a una continua movilidad funcional y geográfica. Todo esto se va a agravar con los efectos de la pandemia. El mundo va a ser más pobre y eso lo van a pagar los más débiles y, en las sociedades desarrolladas, también los más jóvenes.

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