Un cola para un supermercado. Un cola para un supermercado.

Un cola para un supermercado. / José Angel García (SEVILLA)

 VES aparecer a alguien al fondo de la calle, puede que como tú tirando del perro o arrastrado por él o quizá con la bolsa de la compra, y cruzas al lado contrario, de la misma forma que has hecho en los buenos tiempos al avistar a un conocido molesto o indeseable o a otro que, sin ser ninguna de las dos cosas -incluso alguien apreciado-, te cogía en un momento sin ganas de nada y te hacías el longui para no tener que pararte a saludar y a balbucear las simplezas que se intercambian en esos cruces inesperados.

Antes del coronavirus, si veías a alguien venir en sentido contrario con otro perro lo hacías para no tentar el humor de los animales, del tuyo, del otro. Los perros son imprevisibles, no te avisan de qué semejante les cae mal y a cuál le quieren oler el culo. Por eso evitabas el encuentro, lo hacías mayormente para no dar pie a que los perros se enzarzaran en una gresca de ladridos desagradables.

Bueno, y también en algunos casos para alejarte de esas personas que hablan de sus mascotas como si fueran niños mimados a los que se dirigen con una blandenguería grimosa. Ahora no. Ahora lo haces para alejarte todo lo posible de tus semejantes, no de ningún perro. Pones toda la distancia posible entre tu prójimo y tú. En una avenida no hay problema, pero en una calle estrecha...

El movimiento, hay que admitirlo, es grosero, tiene algo de mala educación. El otro parece un apestado. Puede que tú también se lo parezcas a él. Todo ese supuesto movimiento y espíritu solidario que dicen que florece estos días contrasta con la cruda realidad del distanciamiento físico que hay que imponerse por culpa de esta porquería que nos ha invadido. Hemos sido parte del grupo, del colectivo y de la masa en la grada del estadio, en la bulla del bar, en el gentío de un concierto, en las filas de la feligresía y en las oficinas de Hacienda. Hemos respirado el mismo aire poblado de bacterias y de virus bastante más benignos y hemos compartido (y a veces disputado no sin cierta acometividad) el espacio, rozándonos, tocándonos, echándonos el aliento, oliéndonos, apretujándonos unos contra otros -como en ese garito en el que tantas veces hemos tenido que superar tres filas para conseguir nuestra cerveza y las de los colegas como si fuera una absurda y complicada prueba de Humor Amarillo-.

Y ahora el bicho nos ha inoculado, además de la enfermedad, una especie de hafefobia obligada, nos ha impuesto el rechazo espontáneo del otro, no vaya a ser que... Y así estigmatizamos y nos estigmatizan. Los menos tocones, los más reacios a las sobadas, lo estamos teniendo más fácil, pero los que necesitan el contacto físico para sentir (y medir) el afecto sí lo pasan algo peor. Entonces, para animarlos en esta atmósfera de desapego, es cuando les digo -a voces, claro, sin acercarme, guardando las distancias-, eso de que el "roce no hace el cariño, hace rozaduras". 

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