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Gatos

¿No hay algo desolador en esa proliferación de gatos, a todas horas, en todas partes, llenando nuestra vida doméstica?

El otro día intenté contar los vídeos de gatos y gatitos -disfrazados de bailarina, tocados con gorras de béisbol, durmiendo, bostezando, caracoleando- que aparecían en las cuentas de Twitter que sigo habitualmente. Al llegar al octavo vídeo de gatitos tuve que dejar de contar.

¿Qué nos pasa con los gatos? Si uno se fija bien, a primera hora de la mañana y a primera hora de la noche aumenta espectacularmente el número de filmaciones caseras de gatos que la gente cuelga en sus redes sociales. Es como si existiera un patrón inamovible que afectara al ciudadano medio europeo: por la mañana, al irse al trabajo, esa persona se despide de su hogar colgando un vídeo de su gato con música lacrimógena ("¡Adiós, adiós! ¿Nos volveremos a ver en esta vida, o siquiera en la otra?"). Y cuando ese ciudadano vuelve por la noche a casa, cuelga otro vídeo de su gato -en otra postura o con otro disfraz- para celebrar el acontecimiento feliz del regreso al hogar después de una terrible jornada laboral en estos tiempos de apocalipsis poscapitalista. Y eso no es todo. Cuando llega el fin de semana, el gato -o los gatos- adquieren un protagonismo equiparable al de la familia Kardashian. Y ahí los tenemos, observando arrobados el centrifugado de la lavadora, o asomándose al horno donde se están tostando unas galletas, o jugueteando en el baño, o revolcándose en el sofá… ¡Gatitos míos!

Comprendo que nos gusten los gatos. Son silenciosos, son limpios, son discretos. En el antiguo Egipto había que pagar una multa elevada si alguien hería o mataba a un gato. Borges se pasaba la vida acariciando a su gato Beppo. T.S. Eliot, que no amaba demasiado a los seres humanos, amaba en cambio a los gatos, a los que recomendaba poner nombres contundentes como Munkustrap, Walstato o Bombabulina (uso la fabulosa traducción de Juan Bonilla del Libro de los gatos sensatos de la Vieja Zarigüeya). Sí, muy bien, de acuerdo. Pero ¿no hay algo extremadamente desolador en esa proliferación de gatos, a todas horas, en todas partes, llenando nuestra vida doméstica porque sin ellos no habría nada que mostrar, nada que decir? ¿Y no se oculta en esa obsesión por los gatos -y por los animales de compañía- una pavorosa imagen de nuestra terrible soledad, de nuestro clamoroso vacío, de nuestra absoluta indefensión como seres humanos? Dejo ahí la pregunta.

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