La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

Iglesias es el asidero de la España que odia

El otoño con el final de los ERTE puede ser el caldo de cultivo idóneo para este hijo político de la España de ZP

Pablo Iglesias Pablo Iglesias

Pablo Iglesias / M. G.

Vende crecepelo y muchos se lo compran. Iguala por abajo para convertir votantes en clientes y, por ende, ser el más fuerte por necesario e imprescindible. Domador del diccionario, habilísimo con el látigo de la palabra, muy conservador por dentro y con una calculada estética de la izquierda desaliñada por fuera. Hijo político de la España de Zapatero, el tipo que apostó siempre por dividir a sus administrados en todos los órdenes. El complejo de la derecha le ayudó a abrirse camino, un complejo que derivó en el nacimiento de un partido como Vox. En la Audiencia Nacional puede llevarse un cornalón al haber protagonizado el insólito caso de pasar de testigo a sospechoso. Usa los micrófonos de una emisora pública para arremeter contra un buen juez. Desde la Moncloa embiste ladinamente contra un periodista. Todo lo hace con su particular estilo, con ese cinismo ilustrado, como corresponde al más charlatán de la pandilla.

Este Pablo es el asidero de la España que odia. El odio a los ricos, denominados así en un lenguaje simplista. El odio a la Iglesia, que le impide acudir al funeral por las miles de víctimas del coronavirus. El odio a la Monarquía, venteado ahora con más frecuencia para despistar al personal del caso Dina. El odio a cualquier valor que suponga la estabilidad. Capitaliza y rentabiliza como nadie a quienes siguen con ganas de pegarle la patada al avispero, bochincheros de vocación y envidiosos profesionales en la mejor versión del peor español. Su partido es el que concentra con mayor acierto a todos los que están hartos de que a otros les vaya bien, al margen de votantes de buena fe que se creyeron el cuento de la buena pipa. Se cree que no se le nota el odio cuando habla, el resentimiento y las ansias por tener aquello que siempre ha envidiado. Quería chalé y cargo, como un burgués de catálogo. Y se permite otras licencias como los antiguos señores de la derecha en sus mejores tiempos de doble moral.

La esperanza es que se cumpla el aserto sobre la imposibilidad de engañar a todos todo el tiempo. También lo es Europa, el ojo que por fortuna nos vigila. Y los dos o tres ministros con sentido de la cordura que hay en el Gobierno menos serio de la democracia. Pero el otoño con el final de los ERTE puede suponer un relanzamiento de este apasionado del poder por el poder, encantador de serpientes con sus perífrasis, con cara impostada de no haber roto un plato, y que se las gasta como un machito en cuanto tiene ocasión. Otoño puede ser el caldo de cultivo idóneo para este rentabilizador del odio.

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