Desde mi córner

Luis Carlos Peris

lcperis@diariodesevilla.es

Lionel Messi, un milagro también milagrero

En la víspera del Balón de Oro, el argentino lustró un espectáculo magno con su huella

Recta final de un partido memorable, de una especie de oda al fútbol al que no le faltaba ni la lluvia, uno de los ingredientes que durante toda la vida hizo del partido un espectáculo grandioso. Bajo una lluvia torrencial y sin tregua, veintidós héroes iban a la pelota con una sinceridad fanatizada y en esas estábamos cuando surgió el milagro gracias a un futbolista milagroso que es el mejor de cuantos vieron estos ojos que ha de comerse la tierra.

Ese futbolista milagroso y también milagrero, o sea un milagro que además hace milagros, surgió fantasmal de una de las muchas emboscadas que la tropa del Cholo perpetra durante el partido, en cualquier partido. Faltaba poco para acabar, sólo cinco minutos más el alargue, el portentoso duelo sólo adolecía de falta de gol, pero es que ese partido lo jugaban también Ter Stegen y Jan Oblak, los dos porteros que, posiblemente, sean hogaño los mejores del universo.

Hay quien dice que un partido sin goles es como un jardín sin flores, pero también los que opinamos que no es justo que en un duelo de dos equipos que dan cuanto tienen haya un derrotado. Y puede que esto fuese lo que ocurrió en la lluviosa noche madrileña, pero estando Messi en escena raro es que no deje su huella de futbolista milagroso que hace milagros. Faltaba poco, el gol rondaba ambas porterías sin que se hiciera realidad y a cinco minutos del fin, la aparición.

Un eslalom eludiendo postas, una pared con su socio favorito y ese pase a la red con el interior de su zurda para ponérsela imposible a uno de los más grandes arqueros del mundo. Lionel Andrés Messi Cuccittini, un regalo que la Providencia nos ha hecho a todos cuantos amamos este hermoso juguete llamado fútbol, iba a aparecer cuando ya nadie lo esperaba en el fantástico espectáculo que se daba bajo la lluvia de Madrid y, además, en vísperas de Balón de Oro, cómo no.

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