Tribuna de opinión

Pedro José Sánchez Gómez

Musicólogo, investigador y escritor

Manuel Castillo y el piano

 El autor, que está a punto de finalizar la biografía del genial músico sevillano, reflexiona sobre el papel que este instrumento jugó en el desarrollo de su importante carrera

Manuel Castillo en 1951 con la Orquesta de Madrid. Manuel Castillo en 1951 con la Orquesta de Madrid.

Manuel Castillo en 1951 con la Orquesta de Madrid.

NACIÓ distinguido con el don de la creatividad. De niño, sus mejores juguetes eran los que él mismo se construía con su imaginación y sus manos. La existencia de un piano en su domicilio familiar va a ser el providencial punto de encuentro entre su sensibilidad creativa y el universo musical.

Como él mismo recordaba, jugando con aquel piano, intentando sacar de oído la melodía de la Danza del Fuego de Falla: "Empecé a hacerme músico y compositor". La sobriedad, simplicidad y al mismo tiempo la riqueza y capacidad expresiva del piano iba a abrir un mundo nuevo a Castillo: la posibilidad de transmitir y plasmar todo un universo de sensaciones y emociones íntimas, convirtiéndose en su medio de expresión natural. El piano iba a ser a lo largo de su vida su fiel compañero musical, defendiendo siempre su capacidad de transmisión y vigencia como instrumento: "…

Sus posibilidades, que van desde los más acariciantes cantábiles hasta la más agresiva percusión, su capacidad armónica y polifónica y sobre todo el encanto de su sonido, hacen del piano el instrumento ideal para la íntima comunicación musical". Preguntado sobre por qué con la música se alcanzaban esos niveles de comunicación contestaba con una hermosísima frase: "Porque va muy directamente a ese ámbito psíquico donde está el dolor, el amor, el odio, la ternura. Porque, en definitiva, llega directamente a los sentimientos. No es un fenómeno acústico. Es algo mucho más transcendental".

El piano fue vital en la proyección de Castillo. Desde la inicial Sonatina -su carta de presentación en la España musical de la posguerra-, pasando por Preludio, Diferencias y Toccata -con ella su pianismo, su mirada sobre el instrumento cambió para siempre-, su Sonata o sus tres Conciertos para piano, con los que marcó cada una de sus etapas estéticas, el conjunto de la producción para piano de Castillo es reflejo de su mundo interior al punto que podría decirse que en ella está lo más puro y profundo de su obra. Como pianista, Castillo estaba en la línea de solistas anteriores a la eclosión de virtuosos de la técnica. Su estilo buscaba estar más pendiente del mensaje que del medio; más ocupado en hacer llegar el matiz que en apabullar con un exultante tecnicismo. Tal y como diría su maestro Almandoz, en él encontrábamos "no sólo un mero intérprete, sino un creador de sonoridades". Sin embargo, su faceta como solista se vería ensombrecida por su indudable brillantez como compositor y ser ésta última su verdadera y confesada vocación musical.

Creemos que los distintos frentes que Castillo abordó en sus primeros y más activos años nos privó en una más amplia extensión y repertorio del disfrute de un pianista "artista", como lo definiría su amigo Fernando España. ¿Cómo hubieran sido sus versiones de sus admirados Bela Bartok, Mozart o Bach…? Creemos que ésta era una faceta que Castillo hubiera desarrollado con gusto y que sólo la priorización de sus obligaciones para con respecto a su ciudad, su labor docente y a su propia vocación creativa impidió que realizara. Su última etapa vivencial estuvo marcada por un importante proceso depresivo, al que no había sido ajeno a lo largo de su vida. Mal física y anímicamente, sumergido en una profunda crisis, Castillo se aisló en su domicilio al punto de desinteresarse hasta de la interpretación de sus obras.

En ese sentido, yo mismo fui testigo de su progresivo distanciamiento en nuestros periódicos contactos personales en sus últimos años de vida: conversaciones cada vez más cortas, reticencia a recibir, a contestar el teléfono, a dejarse ver en público… El paso del tiempo fue envolviendo su mente en una nebulosa en contradicción con la sevillana luz interior que siempre había iluminado su vida y su obra.

Oficialmente, Manuel Castillo fallecía en Sevilla el 30 de octubre de 2005 pero desde mucho antes ya no estaba entre nosotros. Había ido a reencontrarse con aquel niño que en su casa familiar y jugando con un piano buscaba la eterna melodía. El niño que descubría que tras la pulsación de la tecla de un piano existía un mundo inagotable de belleza, sensibilidad, verdad y fantasía llamado Música. A Valentina. 

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