¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Cánovas, el prócer ceceante
HAY pequeños cambios de nombres que dan grandes pistas de cómo evolucionan las organizaciones y las ideas. Hasta el 2002, el think tank de referencia para el pensamiento liberal-conservador español era la Fundación Cánovas del Castillo, que presidió Manuel Fraga y, posteriormente, Carlos Robles Piquer. Dicha institución se diluyó en la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales, alias FAES, el gran laboratorio de ideas de Aznar y, actualmente, su dorada tribuna para intervenir en asuntos políticos. Se pasó de un nombre histórico y vibrante, el del ceceante forjador de la Restauración, a unas frías siglas de soniquete neocon, muy a lo finolis. La pasión de don Manuel –ese trueno vestido de gaitero– frente a la frialdad de don José María. El trueque marcó el paso de un minoritario y nunca bien fraguado conservadurismo hispano de inspiración británica (los periféricos Cánovas y Fraga fueron admiradores de la pérfida Albión) a otro claramente proyanki, dinámico y ofensivo, comprometido con el proyecto de los neoconservadores de imponer las luces, la democracia y el libre mercado en todo el mundo, con las bayonetas si hiciese falta. Napoleón se reencarnó en Bush. No en vano, algún pensador ha señalado que el proyecto neocon fue el último aliento ilustrado, el postrero empujón progresista. Y así nos fue.
Una vez más me llega un número de la siempre interesante revista Andalucía en la Historia, que edita el Centro de Estudios Andaluces y dirige con tino el profesor José Antonio Parejo. El ejemplar trae la sorpresa de un amplio dosier –coordinado por Roberto Villa– dedicado a Cánovas y el 150 aniversario de la Constitución de 1876, ya técnicamente empatada en longevidad con la actual de 1978. Reclamar ahora al malagueño Cánovas –del que las crónicas destacaban su oratoria “enérgica, vibrante y un poquito ceceosa”–, es todo un acierto. El malagueño fue un político de una amplísima formación intelectual que siempre, incluso en sus equivocaciones, actuó con un destacado sentido de la responsabilidad y el patriotismo. Y lo hizo con altura, hablando un andaluz desacomplejado, sin la hiperventilación victimista de algún cómico ultraandalusí. Él nunca se envolvía en la bandera por cálculos personales y partidarios, ni en la nonata andaluza ni en la aún niña rojigualda. Y siempre tuvo sentido de la medida y la decencia. No es poca enseñanza en una época en la que los políticos solo tremolan los estandartes cuando sus cálculos personales y partidistas así lo indican, tanto en la Moncloa como en San Telmo.
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